La propuesta de establecer contactos con los Talibán moderados, en busca de la paz en Afganistán, es buena; sólo que no sirve de mucho, porque los moderados siempre estarán disponibles y ellos no son los del problema.
No obstante, la oferta que en ese sentido ha hecho el Presidente Obama es un hecho significativo, porque resulta inusual que una gran potencia busque el diálogo en lugar de golpear más duro para hacer prevalecer sus intereses. Además es útil porque suscita la aparición de alternativas de otra procedencia a la lucha armada, como la que representaría la intervención de algunas asociaciones de mujeres afganas que han advertido la importancia de la oportunidad y se han manifestado a favor de explorar esos caminos.
Barack Obama ha hecho una propuesta audaz para los estándares del comportamiento imperial. Al sugerir que podría haber conversaciones con elementos moderados dentro del amplio espectro de los Talibán, abre una oportunidad para que, a pesar de las diferencias enormes entre el contexto afgano y el iraquí, se aplique una fórmula de persuasión que en éste último caso ha permitido la cooperación de sectores islámicos hasta ahora afectos a Al Qaeda, con las fuerzas occidentales.
No se puede negar que el gesto tiene un alto valor, cuando se da en forma paralela al esfuerzo de destinar más tropas a la lucha en territorio afgano y se invita a fortalecer allí la presencia y la capacidad de la OTAN. Lo normal habría sido insistir en las acciones de fuerza, para cumplir más tarde con el ritual de buscar o aceptar conversaciones con el enemigo sólo cuando se le tenga doblegado y a punto de perecer.
Una interpretación que no deja de pesar es la de que el Presidente estadounidense ha encontrado la guerra en una situación tal que no hay lugar para avizorar una victoria. Es decir que no se sabe si ha considerado la opción de los acercamientos porque advirtió que por el camino militar las perspectivas no son favorables.
Al ser preguntado sobre si los Estados Unidos van ganando en Afganistán, el Presidente tuvo el coraje de responder negativamente. Lo que no le quita valor a su gesto de mano tendida en alguna dirección y seguramente le ha llevado a pensar en la combinación de diferentes estrategias. La dificultad de aplicar este esquema radica en todo caso en las peculiaridades de un escenario que combina geografía y composición social difíciles de controlar, es decir unos paisajes agrestes como pocos y habitados por tribus escurridizas y acostumbradas a combatir a muerte a cualquier invasor. A lo que hay que agregar la fórmula de fortalecimiento guerrero que proviene de la combinación del arraigo ancestral de cada tribu con unas convicciones religiosas extremas e irreconciliables con todo lo que signifique el menor intento por imponer cualquier modificación.
En ese panorama, ya otros han planteado la conveniencia de una aproximación a los sectores menos radicales del Talibán. Es el caso del propio Presidente Hamid Karzai, el gran aliado de George Bush, cuyo mandato pasa con más pena que gloria, camino de una derrota que apenas reiteraría lo que ya pasó con las tropas de la Unión Soviética, que a la vuelta de pocos años tuvieron que abandonar el empeño de apoyar a un gobierno amigo cuya ruina política dio paso al régimen de los autoproclamados islamistas radicales. Los mismos que de manera sostenida se van reconciliando y reagrupando para dar, unidos políticamente, aunque dispersos por la geografía del país, batallas decisivas.
Curiosamente la idea de una reconciliación que comience con los grupos menos radicales del Talibán podría ganar impulso y pertinencia por cuenta de uno de los sectores más relegados de la sociedad afgana, como son las organizaciones femeninas. El reclamo por la participación de la mujer, y la eventual incorporación de las mujeres a las discusiones sobre el futuro del país, pueden marcar una diferencia enorme en el contexto del estudio de opciones para terminar el conflicto por la vía pacífica.
Sin olvidar que precisamente el depuesto régimen Talibán suprimió derechos elementales de la mujer, como el de la educación y el del trabajo, es urgente que formen parte del esfuerzo de búsqueda de nuevas soluciones, para que en cualquier arreglo no vayan a quedar por fuera. En todo caso, el poder que pueden ejercer, así sea precario por ahora, llegaría a marcar una diferencia en la medida que se ejerza en las mesas de trabajo y en esos espacios familiares en los que jamás han perdido una capacidad de influencia de la que pueden echar mano para bien de su país.