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Para cuando quede solo

12 de octubre de 2010 - 05:23 p. m.

Cuando no se puede ganar, y ante el abandono de los amigos, negociar se convierte en una opción que hay que intentar a tiempo.

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Porque parece preferible hallar una fórmula de convivencia con el enemigo, máxime cuando habita el mismo país, que librar una guerra que puede durar toda la vida. Los métodos tradicionales de búsqueda de la reconciliación juegan entonces un papel que de pronto supera en idoneidad la brutalidad de guerreros extranjeros que creen que todo se puede arreglar por la fuerza y con la ayuda de medios tecnológicos que parecen extraterrestres.

El presidente de Afganistán comienza a mover sus fichas en busca de un acuerdo de paz, o al menos de convivencia con los Talibán, porque la guerra no se ha ganado y sus aliados, invasores, occidentales, tienen afán de irse. Para sustentar su empeño, ha apelado a un mecanismo tradicional, como la Jirga, que puede llegar a ser más eficiente que todas las bombas que, con las mejores intenciones, han depredado el país a lo largo de nueve años de esfuerzos que más parecen orientados a hacer el ridículo que a comprobar superioridad.

Parece evidente que el modelo de acción de la OTAN, recuérdese Organización del Tratado del Atlántico Norte, en el centro del Asia, ha sido un fracaso. Porque resulta casi caricaturesco, aunque jamás extraño, que las potencias militares más grandes jamás imaginadas hayan sido incapaces de derrotar a una manada de campesinos, vestidos con lo que a ojos de los ignorantes occidentales serían disfraces de carnaval, en unos peladeros donde aparentemente nadie se puede esconder.

El alarde tecnológico de los ejércitos, llamados Aliados, como en memoria de los que ganaron la Segunda Guerra Mundial, de nada ha servido en Afganistán. O tal vez sí ha servido de algo, en cuanto ha demostrado que no basta con tener los medios tecnológicos más avanzados para ganar una guerra. Sino que es preciso contar con los más idóneos, dentro de los cuales aparece en primera línea el de comprender la cultura del otro y conseguir de alguna manera un punto de encuentro cultural que permita llevar a la paz.

La impotencia de las potencias ante la perseverancia de quienes luchan por su supervivencia, es ostensible en Afganistán. Como les pasó a los soviéticos, y antes a los británicos, y antes a todos los invasores, hasta llegar a Alejandro Magno, que terminó por negociar un matrimonio de conveniencia, que en todo caso era preferible a una derrota.

La Jirga convocada por el presidente afgano no es otra cosa que la reunión de sabios o ancianos de diferentes grupos tribales, que buscan ponerse de acuerdo, en este caso, sobre un modelo de convivencia. Claro que está por verse la manera en la que los radicales del Talibán, que cargan todavía sus ideas represivas hacia la mujer y su ortodoxia de un Islam llevado a extremos absurdos, conceptos ambos que no figuran en las enseñanzas bondadosas y originales del Profeta, puedan ceder a favor de un país que, sin alienarse al extremo de aceptar injertos foráneos, encuentre un modelo político respetuoso de los derechos humanos en sus dimensiones más avanzadas.

Nada tiene de raro que, salidos los occidentales, Afganistán, con la ayuda de Pakistán, hasta ahora santuario de grupos enemigos del gobierno de Kabul, pueda encontrar, a la manera asiática, y sin imposiciones equivocadas de quienes creen que sólo hay una forma de organizarse y de gobernar, el camino a ser un país viable, sobre la base de una paz interna en la que se respeten las diferencias tribales y regionales, pero lo mismo los derechos de las mujeres y la libertad de interpretar la religión. De ahí el valor del esfuerzo realizado por un presidente gravemente cuestionado por su actitud de complacencia ante los invasores y por la manera como consiguió su reelección, pero que puede encontrar una salida beneficiosa para su país en la medida que sepa prever lo que será Afganistán cuando se quede otra vez solo.

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