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Por la puerta de Oriente

07 de abril de 2020 - 12:00 a. m.

El hecho de que las noticias de la pandemia ocupen hoy la atención del mundo entero no significa que se hayan detenido procesos de significación internacional que estaban en marcha. En medio del ambiente de aguas agitadas por la alteración del orden mundial, con cierre de fronteras y aislamiento preventivo de millones de habitantes del planeta, no falta quien busque, sin clemencia, sacar provecho en favor de sus intereses. 

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La acción de los Estados Unidos contra el gobernante de Venezuela, con decisiones judiciales, premio por la captura de un personaje que se sabe dónde está, admoniciones, maniobras militares y oferta de simultánea de “zanahoria”, como si tuvieran jurisdicción universal y potestad de decidir cómo se deben resolver los problemas y adelantar los procesos políticos internos de otros países, no es la única faena de pesca que se desarrolla en medio de la algarabía de los medios, mientras un enemigo invisible hace estragos sin fronteras ni distinciones de ninguna naturaleza. 

La histórica, y eterna, puerta de paso entre Asia y Europa, corrida del Bósforo al Río Evron, ha sido cerrada ante el empuje de miles de migrantes procedentes principalmente de Siria, que el gobierno turco ha dejado atravesar por su territorio y ahora pide a Europa que los reciba. El cierre le ha correspondido a la policía griega, a nombre del resto de los gobiernos de la Unión Europea, que desean el cumplimiento de acuerdos celebrados con Turquía para contener un flujo migratorio que ha suscitado posturas diversas y se ha vuelto detonador de desunión europea. 

Una vez más resulta deplorable el espectáculo de tantos inocentes, víctimas de guerras alimentadas por actores y agentes del gran juego del poder internacional que no se han detenido en sus pretensiones políticas, y en el uso indiscriminado de las armas, en violación de todos los principios y convenciones posibles de defensa de la condición humana. Tragedia adicional a la que ocupa al mundo y que se desarrolla ahí, al otro lado de un puente que separa al Medio Oriente de la soñada Europa de las libertades, en el apacible paisaje de Tracia, por donde pasaba la Via Ignatia, que conectaba a Roma con Constantinopla. 

Las recriminaciones mutuas de los gobiernos turco y occidentales forman parte de una especie de ritual que vuelve a editar a cada rato posiciones dictadas por la geografía y por la historia. Nueva versión de la eterna controversia que ha caracterizado a una frontera que no es solamente la de Grecia con Turquía, ni la de ésta última con Bulgaria, sino la de Europa, y ahora la Unión Europea, con el Asia, vista por muchos como línea de separación del mundo cristiano con el musulmán y punto de encuentro o desencuentro de civilizaciones. 

Desde 1915, cuando Mark Sykes y François Georges-Picot acordaron, en nombre de Gran Bretaña y de Francia, respectivamente, inventarse el reparto de los despojos del Imperio Otomano, quedó marcado, hasta hoy, un destino azaroso para todos los pueblos de la región, cuyos desencuentros no han cesado y cuyo desenlace final no se vislumbra. Ahí está la verdadera fuente recóndita de este drama, que afecta una larga lista de países que vieron la luz según la letra de arreglos en los que nunca participaron conforme a criterios de ningún tipo de democracia. 

La crisis de los migrantes ha puesto de presente la existencia de fisuras en el orden de la OTAN, ya no apremiada por la confrontación de la Guerra Fría con la Unión Soviética. Grecia y Turquía son miembros de la Alianza, como lo son los Estados Unidos, desorientados hoy como nunca, y sin la posibilidad de ejercer ningún tipo de liderazgo, en razón de una precaria condición marcada por desaciertos incontables y acumulativos en el manejo de su política exterior. Turquía, en época otomana sede del ostentoso gobierno ejercido desde la “Sublime Puerta”, clama por comprensión por parte de la Alianza Atlántica, pero al día siguiente se reúne con Putin y termina comprando armamento ruso. 

Protagonista principal del juego, y del manejo político de la crisis de los migrantes, es el presidente turco, de talante autoritario y empeñado en reverdecer, con cualquier motivo, los laureles del Imperio Otomano. Para ello no ha ahorrado esfuerzo en tratar de convertir a Turquía en una potencia relevante, condición reconocida y aclamada solamente por el Presidente de Venezuela, que hace acopio de cuanto apoyo pueda recolectar en cualquier lugar del mundo. 

Extensión fundamental del juego político que conlleva la relación ambivalente y gelatinosa de Turquía con la Unión Europea, es la del manejo de la crisis migratoria. Ubicado a mitad de camino entre Europa y países que viven conflictos y penurias, abre la llave, como lo ha dicho, o la cierra, al tiempo que apela a sus credenciales de aspirante a formar parte de la Europa comunitaria, o denigra de ese propósito cuando le parece, o cuando le conviene. 

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El problema es que a Erdogan, a pesar de contar con una formidable y experimentada  maquinaria diplomática, no le han salido bien las cosas en el terreno militar, y tampoco en el de la política interna. Metido en Siria, como si tuviera jurisdicción para dar allí órdenes y señalar el destino de regiones enteras, con el argumento de hacerse a un cojín de protección contra el independentismo de los kurdos, ha caído en el juego del confuso tejido de alianzas y traiciones propias de una guerra sucia y desorientada. 

Precisamente ha sido la incursión militar en Siria la que ha detonado la oleada de migrantes que Erdogan pretende sean recibidos por Europa. Mientras tanto, surgen opositores amenazantes contra su predominio interno, que ya le han propinado derrotas electorales, y en el orden externo encuentra dificultades para armar el rompecabezas de un juego complejo que solamente se podría sostener si tuviera toda una serie de recursos, naturales, tecnológicos, económicos, militares y estratégicos, de otras proporciones. En otras palabras, el impulso no parece alcanzarle todavía para ser potencia.

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Los dirigentes occidentales, que se ufanan de impulsar un sistema que asegura las libertades, deben comprender que la resolución del conflicto sirio forma parte de sus deudas y sus responsabilidades históricas, no solo por las culpas del pasado, sino por las necesidades del futuro. Si quieren detener el problema migratorio, en lugar de sacrificar a la policía griega, para que les haga el trabajo sucio de detener por la fuerza manadas de personas en condiciones de indefensión, y de recriminar a Erdogan por no cumplir unos acuerdos que han implicado el giro de fondos para que ¨cierre la llave¨, deberían jugarse a fondo y propiciar un encuentro de todas las partes involucradas, todas, para que se ocupen de buscar el desmonte de los factores que amenazan con mantener vivo, por décadas, el conflicto de Siria. Todo esto tan pronto como el virus que da la vuelta al mundo permita un respiro sin el peligro de contagiarse. 

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