Las ilusiones de quienes esperaban ver a China convertida en potencia capitalista, van quedando frustradas. Una vez más, los orientadores del mundo occidental se llevan la desilusión de comprobar que su visión de los lazos entre la sociedad, el Estado y la economía, no son únicas ni inevitables. Con los cambios recientes, y la perspectiva de los años venideros, China está dando muestras de que jamás se ha querido apartar de su propio camino.
Encerrados en la lógica de su propia experiencia, de sus éxitos aparentes, y de sus expectativas siempre desmedidas, los campeones del manejo de la economía y de los Estados que giran alrededor del proceso de desarrollo que se desató en Inglaterra con la Revolución Industrial, se hicieron demasiadas ilusiones con la caída de la Unión Soviética y la apertura de China a los mercados mundiales, en su condición de gran fábrica del mundo.
Desde ciertos recintos del extremo occidental de Europa, y aún más de Norteamérica, se pensó que China sería el siguiente competidor por domesticar, para introducirla en el club de las potencias animadas por el modelo económico que minimiza el papel del Estado y amplía todas las avenidas para el juego abierto de la acción privada. Pero la ilusión no se quedaba allí, pues seguramente se esperaba que, bajo esa fórmula, y al impulso de la fuerza de gestores no estatales, pronto vendrían los connaturales reclamos de derechos, regulaciones y oportunidades similares a las de la Unión Europea o los Estados Unidos.
Nadie podría negar que China entró en el escenario internacional de la producción y del comercio con una actitud constructiva, con las prácticas que, aunque a unos les gusten y a otros no, se acostumbran en ese mundo agitado y volátil. A ese paso consiguió, efectivamente, ubicarse en los primeros lugares de la gran competencia económica. Pero jamás se comprometió a modificar su forma de manejo de los asuntos internos al ritmo que otros le impusieran. Por el contrario, de manera cuidadosa, y sobre la base de una experiencia milenaria en la combinación de factores propios de su cultura económica y política, acomodó su sistema a las necesidades de integrarse al mundo y mantener su autonomía de puertas para adentro.
La consolidación del presidente Xi Jinping en la cumbre del poder, con la perspectiva de que lo ejerza por un periodo largo de tiempo, no es extraña en los términos de la tradición china, aunque es entendible que de todo ello se tenga una imagen distinta en Occidente. Quienes en un momento se entusiasmaron con la posibilidad de que China cambiara de modelo, ahora deben reconocer que se equivocaron. Y la fuente de su equivocación ha sido, una vez más, la de pensar que el camino de ellos es el único que conduce al progreso, la paz y la seguridad humana, a través de instituciones que si bien permiten llevar el desarrollo y el enriquecimiento a nuevas fronteras, dejan rezagados a amplios sectores de la población, de los cuales casi nadie habla ni se ocupa.
No se trata de decir que China u Occidente sean, exclusivamente, los dueños de la mejor forma de procurar la realización de los anhelos generalizados de la búsqueda de la felicidad humana. En realidad, ni uno ni otro modelo se lleva todos los puntos de las ventajas ni de los desaciertos. Lo que sí es cierto es que Occidente se sigue equivocando al creer que el mundo gira y debe girar a su alrededor, y que es dueño de las fórmulas más acertadas para el manejo de la economía, la disciplina social, y los demás ingredientes que pueden hacer feliz a la gente en su vida cotidiana.
La paciencia de China, y su capacidad enorme de observar al resto del mundo y de hacer sus propios cálculos de largo plazo, además de la habilidad para concebir su propia forma de conducir sus asuntos, le permiten darse el lujo de seguir su propio camino. En el reconocimiento de esa realidad debería radicar en adelante una de las claves de la armonía en la marcha del mundo. Armonía que solamente se llegaría a descomponer con la insistencia de una de las partes en exportar su modelo o en exigirlo a otros como premisa de buenas relaciones políticas o comerciales.
En virtud de lo anterior, la prueba mutua, para China y Occidente, radica en la observación del respeto recíproco por la forma de ser, y de funcionar, de cada quien. Para ello tal vez sirva, a fin de evitarla, la experiencia de aquella competencia brutal, en todos los terrenos, entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, cuando protagonizaron esa polarización que nos mantuvo, por varias décadas, aparentemente al borde de la guerra.
Como no vivimos en un mundo de ángeles, seguramente se presentarán oportunidades en las cuales una u otra de las grandes partes de esa nueva polaridad, que se anuncia, termine por sentirse depredada por la conducta o los deseos expansionistas de la otra. La idea misma de “Make America great again”, y la amenaza de guerras comerciales que parece entusiasmar de manera irresponsable al negociante agresivo que ocupa la Casa Blanca, podrían ser ejemplo de una pretensión que, tampoco sería raro, encontraría su equivalente del otro lado del Océano Pacífico y también del otro lado del Atlántico. Para no hablar de una nueva carrera armamentista, alimentada por progresos tecnológicos dignos de mejor causa.
Una vez más, la idoneidad de la institucionalidad internacional está a prueba. ¿Qué vamos a hacer con un mundo que marcha cada vez más distante de la organización que surgió de los arreglos que siguieron a una guerra que terminó hace más de 70 años? ¿Quién nos garantiza que los países de nuestro tamaño y significación no van a ser relegados, u obligados a tomar partido en una nueva competencia bipolar? ¿Quién puede evitar que las guerras comerciales que se anuncian terminen por afectar al mundo entero en los campos más diversos, cuando ya se sabe que los enfrentamientos en el orden económico degeneran fácilmente en acciones de otra índole?
Para el mundo no deja de ser reconfortante que existan diferentes enfoques del manejo de la economía, la sociedad, el Estado y el desarrollo. La unanimidad, que sería imposible en medio de las desigualdades, nos podría llevar a todos al mismo precipicio. En la deseable existencia de caminos diferentes, en busca de ideales similares, que se puedan encontrar en escenarios abiertos de convergencia, con un marco institucional reconocido y respetable, tal vez radique la paz mundial de las próximas décadas.