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Que no gobierne más

22 de febrero de 2010 - 11:03 p. m.

Un régimen político genera su propia esclerosis cuando se niega a cambiar.

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Los gobernantes pierden agilidad, y también autoridad, cuando deciden al mismo tiempo mantenerse en el poder y no revelar sus pensamientos respecto de la sucesión. La incertidumbre sobre el rumbo que tomará la vida política produce efectos nocivos en todos los ámbitos, pero sobre todo hace que de manera acumulativa se pierda confianza en el sistema. El precio se paga más tarde.

Los períodos prolongados de ejercicio del gobierno, bajo fórmulas invariables, llegan a hacer que la vida pública dependa demasiado del ánimo y del destino del jefe supremo. En la medida que éste envejece, o se acomoda a unas formas de actuar que no encuentran contradicción, el aparato de las decisiones se va haciendo cada vez más acartonado y genera un proceso de esclerosis que le quita agilidad a los procesos y produce a cada rato una cosecha de desaciertos.

Es muy posible que el temor a vivir con el sol a la espalda, cuando no a la desbandada de las camadas de seguidores incondicionales que acompañan por lo general a los gobernantes autoritarios, les lleve a mantener a la respectiva nación en la incertidumbre respecto de su reemplazo. Tal vez creen que la sola expectativa de seguir en el poder se convierte en una fuerza de disuasión que retiene los ánimos de sus enemigos y les deja gobernar a sus anchas hasta el último día.

La pérdida de sincronía entre el gobernante y su pueblo le resta al primero autoridad y al segundo le trae sensaciones que le alejan de la ilusión de ver plasmados en la realidad los postulados democráticos que animan a quienes aspiran a vivir en una sociedad con auténticas características republicanas. El efecto acumulativo del desencanto es muy difícil de evitar. Y los esfuerzos desesperados por mantenerse a flote a los ojos de la opinión pública, con la confianza de que la magia del poder, cuando no el temor, mantendrá la situación, no siempre llevan al mejor resultado. 

Para evitar todas estas pérdidas se inventaron el sistema de relevos, que pueden perfectamente producirse aún dentro del mismo partido pero tienen la ventaja de airear el ambiente y dar oportunidades de que se manifiesten diferentes tendencias e interpretaciones del destino de una nación. Sobre esa base es preferible mantener una discusión política abierta, en la que no sólo las reglas sino las pretensiones se manifiesten de manera abierta, para no dar lugar a incógnitas a todas luces inconvenientes por las que las naciones pagan más tarde en términos de su desarrollo político y de la plena vigencia de las libertades democráticas.

Hosni Mubarak, sucesor de Anwar Sadat, el valiente líder que tuvo el coraje de hacer la paz con Israel, lleva casi tres décadas en ejercicio de la presidencia de Egipto, primera potencia del mundo árabe, con todo lo que ello significa. A lo largo de ese tiempo, jamás ha designado siquiera un segundo al mando. Y si bien sus éxitos iniciales son innegables, el paso del tiempo, sin que se vea por lado alguno si se queda o se va, ha generado en su país un clima de incertidumbre que hace cada vez más difícil el paso de su salida del poder.

El clima enrarecido de la vida política egipcia, de tanta importancia no sólo en la dinámica del Medio Oriente sino en varios escenarios de la política internacional, reclama poco a poco definiciones. No falta quien asegure que el ahora anciano presidente aspire a coronar a su hijo Gamal como sucesor. Tampoco falta quien considere que otros personajes cercanos a Mubarak, como el discreto y efectivo Omar Suleiman,  están listos para asumir el mando. Todos ellos evitan referirse al tema y no ahorran ocasión para desmentir las conjeturas. La razón parece obvia: nadie quiere tratar un tema que el presidente ha evitado por tanto tiempo.

Los movimientos de oposición han adelantado campañas políticas y electorales bajo condiciones adversas, en busca de caminos para que el sistema se abra y ellos tengan una oportunidad. Con los caminos cerrados por una u otra causa, han tenido que ir al legislativo bajo la bandera de independientes, para evitar mayores dificultades. Con lo cual el conjunto de un clima extraño no hace más que prosperar.

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Mohammed Mostafá ElBaradei, Director de la Agencia Internacional de Energía Atómica entre 1997 y 2009, ganador del Premio Nobel de la Paz en 2005 por su gestión al frente de ese organismo, ha roto el silencio sobre el tema y ha manifestado, desde su prestigio y sin dudas, que en Egipto debe haber un relevo en el mando con motivo de las elecciones de 2011, para lo cual desea que se produzca un clima de garantías que permitan una campaña de oposición. A la manera de los faraones, Mubarak sigue inmutable. Mientras en la calle parece crecer la audiencia de quienes apelan simplemente al vocablo “mayehkomsh”: que no gobierne más.

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