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¿Qué Putin hace en Latinoamérica?

21 de julio de 2014 - 10:00 p. m.

Vladimir Putin no se conforma con el papel que Rusia pueda seguir jugando en Asia y Europa Oriental, y aspira ganar espacios en escenarios que históricamente han estado alejados de su área de influencia.

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El incidente del avión de la aerolínea de Malasia, ocurrido en la frontera ruso-ucraniana apenas horas después de su incursión en América Latina, de alguna manera viene a desinflar el globo de sus ilusiones.

El aislamiento al que el G8 sometió a Rusia, como consecuencia de su actitud en Crimea y en general de su política frente al proceso de Ucrania, ha empujado al presidente ruso a la búsqueda de nuevas alianzas, al fortalecimiento de viejos vínculos, y al refuerzo de sus opciones de ejercer el poder que les queda a los rusos como potencia, así sea en proporciones modestas en comparación con lo que alcanzaron a tener como cabeza de la Unión Soviética.

Una de las principales acometidas de Putin, por fuera de las regiones en las que su país sigue siendo necesariamente influyente, se ha orientado hacia el fortalecimiento de los propósitos que comparte con Brasil, India, China y Sudáfrica. La asociación de esas cinco potencias emergentes conlleva esfuerzos específicos por contrarrestar el poder de los organismos financieros dominados por los Estados Unidos y la Unión Europea, mediante la constitución de un organismo bancario propio que se convertiría en un polo diferente de atracción para países que deseen salirse de los esquemas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. La aparición de esa alternativa terminaría por modificar no solo el escenario económico sino también el político, en la medida que sea atractiva para países que deseen evitar las recetas ortodoxas que debilitan a los Estados y fortalecen el poder de un sector privado de incalculables alcances internacionales.

En la medida que América Latina vuelve a ser objeto de las ambiciones de quienes deseen ejercer influencia en el mundo del Siglo XXI, China ya ha pisado fuerte en el continente. Por otra parte los Estados Unidos no han vacilado en adentrarse en terrenos que en otra época parecían exclusivos de la influencia rusa. Es en ese contexto en el que se presenta la incursión del presidente ruso en América Latina, con el propósito de buscar un lugar en ese espacio. Y es por eso que además de la alianza de nuevo corte que tiene con Brasil y del restablecimiento de viejos vínculos con Cuba y Nicaragua, sus pretensiones sean mucho más amplias. Por eso ha incluido, en su reciente viaje a la región, escalas y contactos en los que trata de aprovechar el clima diferente de las tradicionales relaciones de los latinoamericanos con los Estados Unidos. Al apoyar causas como la de los argentinos en relación con las Islas Malvinas, o con la de la paz en Colombia, sin que se sepa después de todo qué es lo que puede llegar a hacer, Putin al menos por unos días fue personaje en países donde siempre se le mencionó como noticia exótica y lejana.

Como suele suceder cuando las potencias, decadentes o emergentes, encuentran terreno abonado para incursionar en una región, seguramente aparece la figura de la cooperación económica y tecnológica, la venta de armas, el desarrollo de grandes proyectos de infraestructura y toda una serie de atractivos típicos del encuentro entre las necesidades y las soluciones. Y detrás de todo ello va el progreso de los lazos políticos y de la influencia internacional del más fuerte. Además de los efectos que puedan tener las alianzas con poderes más cercanos, en este caso con el Brasil, que encuentra en Rusia uno de sus aliados más poderosos en el propósito de llegar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, para quedarse allí, así la región no lo desee, como representante permanente de América Latina. Con todas las consecuencias que ello pueda traer al interior del continente.

El incidente reprochable del abatimiento de un avión comercial lleno de civiles, con armas de fabricación rusa, pone a Putin en un aprieto del que no ha sabido hasta ahora salir. Lo cierto es que de ninguna manera ha negado su apoyo político a la causa de los presuntos autores de uno de los hechos más atroces de los últimos tiempos. Si fue su gobierno quien proveyó a los rebeldes el armamento, y la asistencia técnica para manejarlo, de manera que les permitió derribar el avión, queda demostrado hasta qué punto es capaz de llegar y qué tan irresponsable puede ser. Y si no lo fue, de todas maneras el presidente ruso no ha negado su apoyo a la causa de la rebelión en Ucrania, que constituye a todas luces una injerencia indebida en los asuntos internos de otro Estado, por las razones que sea. En esos términos vale la pena preguntarse de qué manera alguien con esas credenciales pueda ser verdaderamente útil a un propósito como el de la paz de Colombia.

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