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¿Quién pagará la cuenta del gas?

07 de julio de 2014 - 05:35 p. m.

Existen problemas políticos, internos o exteriores, que de alguna manera tienden a resolverse solos.

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Frente a ellos no es necesario intervenir de manera ostensible, porque el simple paso del tiempo tiende a arreglarlos en la medida que vuelven a jugar factores de fondo, históricos, culturales y geográficos, además de los económicos, que conducen a que los ríos, es decir las tendencias tradicionales de viejas relaciones, vuelvan a su cauce.

Los altibajos que presentan las amistades entre países vecinos pueden presentar en uno u otro momento versiones diferentes. A veces generaciones enteras disfrutan de una proximidad bondadosa y creativa. En otras ocasiones surgen las fricciones, principalmente por culpa de los intereses políticos de las capitales, e inclusive muchos han tenido que pasar por la experiencia de la guerra. Pero hay unos elementos de fondo que nunca desaparecen. Es lo que sucede con la fuerza de la naturaleza, que en una u otra región del mundo condiciona a todos por igual y termina por convertirse en factor de unidad en cuanto no repara en diferencias políticas. También suele suceder con la comunidad de las lenguas, o por su penetración mutua en cuanto se cuelan por entre todas las fronteras. Y hasta puede pasar con ciertas percepciones basadas en experiencias históricas o valores culturales frente a la presencia de enemigos que se llegan a considerar comunes.

Rusia y Ucrania viven hoy uno de esos trayectos de su larga historia de vecindad, afecto y recelo, que no pueden ser fácilmente entendidos ni apreciados desde los extremos del mundo occidental. Basta con mirar treinta años atrás, época en la que habría sido impensable la confrontación que ahora se ven obligados a manejar los jefes políticos de las dos partes, para entonces miembros “inseparables” de la Unión Soviética. A diferencia de esos días, desbaratado el pacto soviético, venimos de presenciar la inverosímil y sencilla separación de Crimea, que no suscitó en Occidente una reacción como la que una vez produjo en torno al destino de esa península una guerra multinacional de importantes proporciones y gran valor simbólico. La relación entre los dos países ha entrado en un tenso proceso de intentos separatistas de regiones de aparente mayoría rusa, con la correspondiente campaña de “recuperación” por parte de las autoridades del gobierno ucraniano, que parecería estar ganando la partida.

Como siempre, una es la situación en el lugar y otra en el escenario de los medios de comunicación, que en los últimos días pregonan el éxito del gobierno de Kiev en la retoma de los sectores territoriales separatistas. En los papeles, o mejor en las noticias, Rusia, que habría podido intervenir militarmente para apoyar a las regiones afectas históricamente a ella más que a la Europa del Oeste, se ha quedado quieta. Algunos interpretan la actitud rus de no intervención como el fruto de una resignación “impuesta” para no echar a perder importantes intereses frente al poderío de los Estados Unidos y la Unión Europea. Según esa interpretación Ucrania llegaría a consolidar su soberanía sobre el territorio que le quedó luego de la separación de Crimea y podría orientar su política de manera abierta y escueta hacia su futura vinculación a la Europa comunitaria.

Pero no hay que llamarse a engaño. La potencia con fuerza y experiencia en la región sigue siendo Rusia. Que además de su poderío militar continúa ostentando la calidad de potencia cultural en esa parte del mundo, con una permanente inmersión en la vida cotidiana de Ucrania no solo por la presencia de rusoparlantes y rusófilos en muchos sectores del territorio, sino porque nadie ha podido ni podrá cambiar con facilidad precisamente todos esos elementos que juegan en las relaciones binacionales de largo plazo, y que en cuanto se trata de estos dos países muestra una inercia histórica de mucha fuerza.

A los rusos no parecen importarles las apariencias de su debilidad ante el proceso ucraniano. Saben que no se trata de ningún triunfo de Obama ni de Merkel y mucho menos de Catherine Ashton. Su conocimiento de la región y su experiencia imperial, incluida particularmente la época soviética, le han llevado a no cometer la equivocación de unir a todos los ucranianos, más su amigos del exterior, como respuesta a una intervención militar que le traería triunfos inmediatos y derrotas de largo plazo. En lugar de meterse en esa aventura, los rusos saben que el proceso ucraniano siempre implicará para quien gobierne en Kiev la obligación de mantener una buena relación entre los dos países. Así Moscú se puede dar el lujo de obrar con serenidad sin tener que resultar inmiscuida abiertamente en los problemas internos de una Ucrania sumida en el desorden político y dividida en cuanto a sus aspiraciones en el inmediato futuro. Sabe además que mientras dure el verano nadie reparará en la significación que para la supervivencia de Ucrania tiene el gas que proviene de Rusia. Entrado el invierno las cosas serán a otro precio. Por eso la celebración del desfile de la victoria sobre el nazismo, tradicional en Moscú desde la época soviética, tuvo este año la arandela de satisfacción de la “toma” pacífica de Crimea, separada ahora de un gobierno de sospechosa tendencia de derecha radical, y revistió aparentemente la tranquilidad con la que espera por los nuevos capítulos de la relación con Ucrania.

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