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Síndrome de Samak

06 de septiembre de 2008 - 03:20 p. m.

La tendencia a aferrarse al puesto a pesar de su impopularidad, de las presiones en su contra y de mandamientos elementales de la vida pública, parece ser una de las patologías propias de ciertos animales políticos.

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Perder el poder, conseguido luego de toda una vida de esfuerzos y aventuras, significa para ellos una derrota imperdonable ante sí mismos. Tal vez eso sea lo que les lleve a poner su interés personal por encima del bien público, y a buscar justificaciones precarias para quedarse, con lo cual le hacen bastante daño a la calidad del ambiente político de su nación.

Samak Sundaravej, Primer Ministro de Tailandia, se aferra de manera obstinada a su oficio, aunque las calles de Bangkok se llenen todas las tardes de multitudes pidiéndole que se vaya. El gobierno anda paralizado, no sólo porque las oficinas del Ejecutivo siguen ocupadas por manifestantes, sino porque todo ha quedado quieto mientras se sabe si el Jefe del Gobierno se queda o se va. Demora que no sólo golpea el funcionamiento político del país y el estado de ánimo de sus ciudadanos, sino que amenaza con hacer grave daño a la economía nacional.

La obstinación de Samak se basa en el argumento, reiterado en sus alocuciones diarias, de que él es el único capaz de conducir bien el destino del país. Tesis que no resiste demasiado si se tiene en cuenta su pasado y el hecho de que muchos le consideran simplemente como el testaferro político de Thaksin Shinawatra, el magnate que a principios de esta década ganó y fue luego reelegido Jefe del Gobierno por abrumadora mayoría, en medio de una euforia nacional sin precedentes, para terminar fugitivo y proscrito por corrupción.

A pesar de que el gobierno mantiene una mayoría suficiente en el Parlamento, lo que aparentemente le permitiría obrar a su acomodo, ha despertado un movimiento enorme de oposición ante la propuesta de reformar las instituciones supuestamente para favorecer al prófugo Thaksin y lavarlo de sus culpas. Lo que a su vez ha producido un enfrentamiento con la administración de justicia, clave en la complicación de la crisis actual.

Para nadie es un secreto que Thaksin y sus amigos no se sienten confortables con los jueces de la Corte Suprema y con el conjunto del sistema judicial y que están dispuestos a hace cualquier esfuerzo por conseguir los cambios que sean necesarios a fin de obtener un escenario judicial más favorable para sus causas y circunstancias personales. Aunque, para complicar más las cosas, tres abogados del anterior gobernante fueron capturados y encarcelados por tratar de sobornar a unos magistrados.

Mientras todo esto ocurre, el gobierno prosigue con un manejo presupuestal que ha llevado el gasto público a niveles tales que el Rey, la figura más respetada de la nación, ha tenido que intervenir abiertamente para respaldar al Director del Banco Central, que aunque acosado por el gobierno ha dado la voz de alerta sobre un proceso de despilfarro que puede llevar al desastre.

Como suele suceder en países que dejan los conflictos políticos, y los judiciales, sin ser resueltos de manera satisfactoria, el pasado de Samak sigue siendo escudriñado y la oposición espera que se produzcan veredictos judiciales, por hechos anteriores en el ejercicio de su larga carrera política, y que ellos sean motivo suficiente para que por esa vía se vea forzado a abandonar el poder. Entretanto todo parece indicar que el Primer Ministro ahí se quedará.

Tal vez lo más valioso del movimiento de oposición radica en el hecho de que se trata de una coalición muy amplia, compuesta no sólo por políticos sino por sectores cuya reclamo principal es el de la decencia en el ejercicio de las responsabilidades propias de la vida pública. Como si ese país hubiese llegado a la conclusión de que en ciertas oportunidades históricas la controversia entre los contrincantes políticos tradicionales ha llegado a ser tan confusa y carente de decoro que es preciso sacarlos de una vez a todos para proponer algo mejor.

edubaras@yahoo.com

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