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Tarde o temprano llega la alternación

11 de septiembre de 2009 - 08:28 p. m.

Tarde o temprano, no importa después de cuanto tiempo, los sistemas políticos, cuando son democráticos, terminan por dar campo a la alternación.

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Sólo así se pueden aplicar diferentes tratamientos a los problemas públicos. Lo importante, tal vez, es que siempre exista una oposición, lista para asumir el relevo. Cuando esta no existe, las posibilidades de agotamiento y de subyugación son un peligro grave para cualquier sociedad.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, los japoneses se vieron obligados, como consecuencia de la puesta en ruinas de los esquemas imperiales que les habían gobernado por muchos siglos, a cambiar de sistema político. El momento fue doloroso, comenzando porque el Emperador tuvo que salir en público a expresar su voluntad de facilitar ese cambio, que le dejaba sin la condición, y las potestades, que hasta entonces había disfrutado, que no eran pocas.

La búsqueda de un sistema político adecuado al momento, y sobre todo al futuro, era una tarea fundamental. De dónde, a partir de su propia experiencia, iría a sacar el país un modelo que correspondiera a sus necesidades? Pregunta fácil de responder en el mundo occidental, que había hecho el curso completo de tránsito a las fórmulas democráticas del Siglo XX, pero muy difícil de responder en un país además ocupado por quienes le habían vencido.

Es entonces cuando surgen las figuras de Douglas McArthur y Shigeru Yoshida. El primero como generoso ocupante, respetuoso del destino del país que tenía a su cargo como vencedor, interesado en que la guerra no dejara encima de todo una huella de mayor destrucción, es decir de esa destrucción del alma, que es la que permanece y es difícil de recuperar. El segundo como firme responsable del trato con el antiguo enemigo y al mismo tiempo como defensor de la dignidad y las tradiciones más caras de su país.

El modelo al que llegaron no fue necesariamente copia del de los americanos, sino una adaptación de las democracias occidentales de tipo parlamentario que ya habían probado sus virtudes, y también sus defectos, en los escenarios de los países desarrollados de Europa. Y ello implicaba la existencia de partidos que, dentro de un mismo marco, significaran alternativas en la visión del país y del mundo, pero sobre todo en la forma de conducir el Estado y administrar las oportunidades de bienestar.

El impulso del Partido Liberal, con su propuesta política, y sobre todo económica, a favor de un capitalismo agresivo de dimensiones internacionales, se impuso desde un principio y se convirtió en el factor definitivo del desarrollo nacional a lo largo de la reconstrucción, lo mismo que en la época de la consolidación y la expansión del nuevo poderío japonés, representado en una economía fuerte, relacionada con las mejores virtudes de esa sociedad, que ha hecho del trabajo un modelo de propósito personal, familiar y nacional.

A lo largo de todas estas décadas, ese partido tuvo la opción de marcar el paso de la vida del país. Y no faltó quien pensara que su destino permanente sería el de gobernar. Sus éxitos eran suficientes para mantener un adecuado nivel de apoyo popular. Las previsiones de la sucesión de cada gobierno se hacían dentro del mismo aparato del Partido, sin que aparentemente fuese necesario tener en cuenta la posibilidad de que se llegara a imponer la oposición.

Lo anterior no quiere decir que la existencia de una oposición fuese inocua. Por el contrario, también a lo largo de más de medio siglo el Partido Democrático cumplió cabalmente su tarea crítica y constructiva y fue aprendiendo cómo hacer y cómo no hacer las cosas cuando llegara el turno, siempre lejano y siempre deseado de gobernar. Y como suele suceder cuando los procesos políticos se conciben y se ponen en marcha en el largo plazo, tenía que llegar la hora de tomar las riendas del poder.

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El Japón comienza entonces ahora una etapa de consolidación democrática, porque la alternación viene a confirmar las bondades de la naturaleza del sistema político. Seguramente habrá diferencias que marcarán un cambio particularmente en aspectos de política social. Pero la lealtad de todos con el sistema político, sin jugar innecesariamente con él, sin facilitar el transfuguismo como signo de astucia, sin acomodar las instituciones para aprovechar el cuarto de hora, permitirá que el sistema se consolide para bien de todos. Entre tanto, los que hasta ahora gobernaron pasarán a aprender el oficio de bien criticar, y refinarán sus argumentos y sus propuestas, para cuando les toque volver. 

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