Cuando se ejerce venganza en lugar de administrar justicia, quedan para todos abiertas las puertas del abismo.
Quien aprovecha la oportunidad formal de juzgar para arreglar cuentas con sus antiguos enemigos, y falla en su contra para deshacerse de ellos, por ejemplo mandándolos a la horca, no sólo echa por la borda las instituciones sino que pone los trámites en el terreno de lo político, con lo cual debe estar dispuesto a aceptar cualquier tipo de respuesta, desde el desconocimiento generalizado de sus decisiones hasta una futura revancha en su contra.
Tarek Aziz, la figura más importante de la diplomacia iraquí en las últimas décadas, ha sido condenado a morir en la horca. Se le acusa de crímenes contra la humanidad, por la represión que su jefe Sadam Hussein ordenó el cinco de abril de 1980 contra dirigentes chiítas, dirigidos por Mohamed Baqir al Sadr, fundador del partido al que pertenece el ahora Primer Ministro Nouri al Maliki. Las acciones se justificaron entonces como necesarias para evitar la expansión de la revolución iraní en Irak, y no fueron condenadas por los amigos occidentales de Sadam, que fueron los mismos que más tarde se pusieron en su contra, invadieron su país, lo cazaron en su madriguera y lo pusieron camino de la horca.
Parece obvio que Aziz no participó en las decisiones de entonces, y mucho menos en la ejecución de los actos represivos. Así lo consideran iraquíes desapasionados y aún otros, que miran con terror el giro que va tomando la aplicación de justicia, que lo que en la práctica parece estar condenando es el hecho de que alguien haya pertenecido al gobierno de Hussein, así su oficio haya sido ajeno a las barbaridades del régimen. Inclusive la familia de Sadr ha abandonado todas las causas abiertas en contra de funcionarios del antiguo régimen, a favor de la reconciliación.
Tarek Aziz es cristiano. Se formó como periodista y como estudioso de la lengua inglesa. Gracias a sus notables habilidades retóricas, lo mismo que a su capacidad de comunicación, llegó a ocupar importantes cargos en el gobierno iraquí, a pesar de que no perteneció necesariamente al círculo personal de Sadam, quien al parecer lo vio siempre como un funcionario capaz de cumplir misiones sofisticadas. En desarrollo de esas misiones obtuvo el respeto, cuando no el aprecio, de gobernantes y personalidades de todo el mundo. Por eso fue recibido con todos los honores en la Casa Blanca, el Kremlin y el Vaticano, para mencionar solamente tres de esos centros de poder mundial en los que tanto ministro de relaciones exteriores pasa desapercibido.
Nadie duda del profesionalismo con el que Tarek Aziz cumplió sus tareas. Pero no se sabe hasta qué punto estaba comprometido integralmente con todas las acciones del régimen de Hussein. Quienes le conocieron afirman que, por ejemplo, con motivo de la invasión a Kuwait, Aziz expresó por todos los medios su desacuerdo y trató de disuadir a su jefe de emprender semejante acción tan imprudente. Solo que, una vez tomada la decisión tuvo que plegarse. Porque, dicen, si no lo hubiera hecho, habría sido hombre muerto.
Pocos días después de la invasión final a Irak, Aziz resolvió entregarse a las tropas de los Estados Unidos. Allí le tuvieron en custodia hasta que lo entregaron a las nuevas autoridades iraquíes, que son las que le han juzgado y condenado. Su familia, lo mismo que miles de iraquíes, consideran que es evidente la carga de venganza que lleva esa sentencia. El Vaticano ha protestado, lo mismo que diferentes cuarteles de organizaciones defensoras de los derechos humanos. Todos piden, como corresponde, que el Consejo Presidencial, encargado de dar el visto bueno final a la ejecución de la sentencia, impida que se lleve a cabo al colgamiento.
Como Tarek Aziz pasó de pronto toda su vida huyendo hacia delante, por lo cual colaboró como representante diplomático de un régimen que habría sido capaz de eliminarlo si no ayudaba, nada de raro tiene que ahora, anciano y muy enfermo, decida motu propio que es mejor que lleven a cabo la condena. Después de todo lo que le queda de vida no tiene mayor significación. En cambio su muerte lo pondrá en el retablo de los mártires de ese país que espera pacientemente a que se hagan las cuentas de verdad de los culpables de tanta sangre derramada. Será entonces cuando surjan ante los ojos de la historia otros criminales, que propiciaron a la vista de todo el mundo cientos de miles de muertes de iraquíes, inocentes o no, y también de miles de soldados occidentales a los que mandaron a pelear a una tierra extraña, por causas que entonces también, ojala, saldrán a la vista.