Ya no es posible ocultar, ni aplazar, el debate sobre la pretensión brasileña de ejercer como potencia en el mundo del Siglo XXI.
El terreno ganado, a punta de peso económico, moderación política y profesionalismo diplomático, es enorme. Falta por ver si América Latina prefiere designar de una vez un solo representante de la manada, o fortalecer su presencia internacional en términos más colectivos, por no decir más democráticos.
Es bien sabido que la última década del Siglo XX, caído ya el muro de Berlín, desató una carrera que permitió participar a más países que hasta entonces, en busca del reconocimiento como potencia. Los pocos que se habían preparado con anticipación para esa eventualidad se hallaron de pronto en condición de ventaja, merecida por cierto gracias a la capacidad visionaria de sus dirigentes, y en particular de sus diplomáticos profesionales, a quienes dejaron tiempo para ayudar a pensar las proyecciones futuras de los intereses nacionales.
No cabe duda de que Brasil hizo la tarea a tiempo. Sea porque las reglas no escritas de la geopolítica le obligaron a pensar en grande, de acuerdo con su tamaño y su significación en diversas dimensiones, o porque de manera deliberada sus gobernantes, guiados por un formidable servicio exterior, miraron con anticipación y acierto hacia el futuro, el hecho es que al comenzar el nuevo milenio los animadores de las grandes ligas de la comunidad internacional reconocen en los brasileños una potencia emergente y le llaman a debates fundamentales, a la manera de vocero de América Latina.
Sin perjuicio de que algo similar ocurra con los mexicanos, todo parece dar a entender que la selección de uno u otro país para discutir el futuro del mundo, junto a las potencias tradicionales, es consecuencia de un acto selectivo y clasificatorio que atribuye a los escogidos una especie de representación de la enorme zona latina del continente. Lo curioso es que dicha representación no ha sido el fruto de una escogencia propiamente democrática de parte del conjunto de países de la región, que pueden tener sobre la materia criterios muy distintos, así como sus propias aspiraciones sin tramitar.
La división indudable del grupo latinoamericano de Estados, entre unos que buscan nuevos caminos hacia el desarrollo, sin perjuicio de repetir errores del pasado, y otros que se aferran a los errores de siempre, permite pensar que ahora, más que nunca, el tratamiento de los temas de la región merece atención y refinamiento. Eso quiere decir que no es fácil escoger representantes regionales desde la perspectiva de las grandes capitales del mundo, sin adentrarse en las complejidades de un continente que si bien exhibe características comunes en muchos aspectos, por otra parte es tan grande y variado que su interpretación no se puede simplificar a la carrera.
El Brasil puede jugar sin duda un papel de equilibrio en medio de las tensiones que plantean los diversos experimentos políticos que con pretensiones de innovación se llevan a cabo en América Latina. También puede hacer gala de una actitud moderada que genera confianza y al tiempo inspira respeto, particularmente cuando se complementa con cierta dosis de firmeza, representada por ejemplo en la dignidad con la que maneja sus relaciones con los Estados Unidos.
La capacidad demostrada de los brasileños para manejar sus problemas de desarrollo con dosis propias de derecha y de izquierda, sin perder la cara en ninguno de los dos frentes, complementa sus credenciales de posible liderazgo regional. Sin embargo, falta por ver qué piensan los demás y qué tan dispuestos están, bajo qué condiciones, a reconocerle de una vez, a pesar de ser el único país latinoamericano que no habla Español en casa, pero que no se expresa en otro idioma que el nuestro en los organismos internacionales, la vocería del grupo en una u otra de las opciones de rediseño de la institucionalidad internacional. O si prefieren que en esos nuevos escenarios el grupo tenga una representación más plural, que refleje mejor sus proporciones y sus complejidades. Es un debate que conviene adelantar, justo para que nuevas opciones no nos tomen por sorpresa.