Los cambios de discurso afectan amistades nacionales que se consideraban inconmovibles.
Muchas décadas de armonía pueden terminar cuando afloran sentimientos que no tuvieron ocasión de salir a flote. Los puntos de convergencia alimentados por discursos oficiales sostenidos por conveniencia política, no resisten con facilidad las variaciones de orientación política, particularmente cuando provienen de un sentimiento guardado que ha ido acumulando argumentos hasta cuando llegue la oportunidad de hacerlos valer, desde el gobierno.
El Japón y los Estados Unidos pudieron construir una alianza inverosímil luego de los años en los que se golpearon a muerte tras el ataque a Peral Harbour y particularmente luego de que los japoneses fueron víctimas del único ataque de bombas atómicas, perpetrado abiertamente por los norteamericanos, contra la población civil en cualquier parte del mundo.
Los méritos del general Mc Arthur, y de los líderes japoneses que aceptaron y ayudaron a orientar el rediseño institucional del país tras la derrota de la guerra, son indiscutibles. Todos tenían la responsabilidad de inventarse un sistema político y de promover unas adecuaciones sociales que dieran vía a un Japón capaz de recuperarse de la tragedia y ser significativo, como lo vino a ser, en la segunda parte del Siglo XX.
La permanencia en el poder del Partido Liberal, a lo largo de todas estas décadas, configuró un tipo de amistad y unas prácticas de colaboración y hasta de solidaridad que hicieron que los Estados Unidos pudieran confiar, sin temor alguno en el apoyo japonés en las grandes jugadas de la geopolítica internacional. La llegada del Partido Democrático al poder, por primera vez en el Japón, significa un cambio de perspectiva que no había aflorado jamás y que, sin afectar el fondo de una relación todavía muy sólida, aspira al menos a que las dos partes jueguen de igual a igual al menos en el escenario asiático.
Los encuentros entre los responsables de diferentes sectores, de las dos partes, han estado llenos, ahora, de nuevas propuestas, particularmente de la parte japonesa. Y si bien eso era esperable en cuanto los cambios de gobierno significan siempre modificaciones de tono, en este caso la visión del nuevo gobierno japonés marca distancias respecto de toda la experiencia de la postguerra.
El desplazamiento de la base de Futenma, en Okinawa, a un sector aislado donde los costeños tampoco la desean, pone en aprietos a todo el mundo, porque así sea muchos años más tarde de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, y pasada la Guerra Fría, las bases siguen siendo vistas como un modelo de ocupación que molesta a los locales.
El nuevo gobierno japonés pretende echar atrás algunos acuerdos logrados por su antecesor en cuanto a la misma base, y también cambiar el status de los casi cincuenta mil soldados estadounidenses ubicados en el territorio nacional. Pero su interés va mucho más allá y pretende investigar sobre supuestos acuerdos secretos, celebrados en plena Guerra Fría, que habrían autorizado de manera ilegítima la presencia de armas atómicas en el país. Temas que conllevan a la par cargas de profundidad contra el partido anteriormente en el poder, pero de paso contra las relaciones con los norteamericanos.
En la medida que a lo anterior se suman hechos de significación económica, como el de que el comercio del Japón con la China compite ya en importancia y volumen con el que le une a los Estados Unidos, el panorama se enrarece para todos en el Oriente y obliga a hacer jugadas maestras. Dichas jugadas han de provenir por lo menos de las tres partes involucradas. Con lo cual el eje Washington Tokio tendrá que abrir paso a un triángulo que involucre a Beijing.