Nada más difícil que defenderse de un enemigo invisible, de cuya presencia no hay duda, como poca conciencia de su peligrosidad.
Nada más equivocado que ignorar lo que se sepa de su comportamiento y nada más inconveniente y peligroso que no tener autoridades capaces de ejercer su oficio en temas como la defensa de la salud pública y la educación social para preservarla, cuando el enemigo es una pandemia.
El responsable de la protección de la salud en una capital del tercer mundo demostró de una vez, con toda ostentación, su ignorancia, su ineptitud, y la peligrosidad con la que ejerce su oficio, al afirmar que uno de los peores momentos de 2009 fue aquel en el que la gripa AH1N1 amenazó su ciudad. Como si el peligro ya hubiese dejado de existir, se refirió al problema como un hecho pasado. Mientras tanto la encargada de hacer conocer los avances del problema por parte de la Organización Mundial de la Salud advertía que las cifras de la acción homicida del virus eran cada vez más elevadas y que se corre el peligro de mutaciones que lo hagan aún más peligroso.
El mundo contemporáneo tiende a pensar que las amenazas de las plagas y enfermedades devastadoras son cosa del pasado. Y hasta cierto punto le parece ridículo que en esta época de éxitos científicos exista peligro verdadero proveniente de seres diminutos que sean capaces de doblegar el orgullo de sociedades que han conseguido tantos avances, justo en el camino de la nanotecnología. Difícilmente a muchos les cabe en la cabeza que enemigos biológicos, invisibles a simple vista, puedan afectar a una civilización que ha logrado avances científicos basados en fenómenos, también invisibles, que nos permiten escuchar miles de canciones que salen de una cajita diminuta o hablar por teléfonos hace unas décadas inimaginables.
Curiosamente, las sociedades menos avanzadas son las que menos se preocupan por este tipo de problemas. Tal vez porque la preocupación por la propia supervivencia, es decir por conseguir la manera de alimentarse y defenderse de los depredadores cotidianos, les hace pensar que existen problemas más graves, esos sí directamente palpables, de los que se tienen que ocupar. Y no pocos gobiernos, también de países de segundo orden, estiman que con dar unas alarmas, bien publicitadas, justo en el momento en el que se anuncia la amenaza, y con expedir por ahí unos decretos, ya tienen controlado un problema que se sabe es creciente y frente al cual es preciso adoptar medidas basadas más en la eficiencia que en el efecto de demostración.
Nada más equivocado que vivir convencidos de la invulnerabilidad de la especie humana frente a los virus, cuando las pruebas de lo contrario son evidentes y están a la mano. Y no porque las noticias de las muertes causadas por el virus se hayan convertido en estadísticas el problema debe preocupar, y sobre todo ocupar, a todo el mundo. El hecho de que los datos más alarmantes provengan de lugares distantes no pone a nadie a salvo, ni puede ponerlo en una época en la que los trayectos se volvieron todos cortos y las fronteras son apenas simbólicas.
A pesar de que al virus de la primera pandemia del Siglo XXI se le haya dado un nombre inocuo, su existencia, y las complicaciones que puedan tener sus mutaciones, ponen a prueba a la vez muchas cualidades importantes, tanto de los gobiernos como de las sociedades. En el caso de los primeros, porque la credibilidad de las autoridades de salud, la capacidad con la que ejercen su tarea y la eficiencia de sus políticas y procedimientos, están todas en juego. En el de las segundas, porque ante amenazas de esta índole es preciso poner a prueba las dotes de solidaridad, responsabilidad y cortés pragmatismo que conduzcan a sortear un problema que no hace distinciones de clase social.
Tarea de todos ha de ser la de combinar de la mejor manera posible los niveles de cultura cívica y la capacidad social para defenderse de un enemigo invisible pero auténticamente letal. Y es en esa combinación en donde aparece la urgencia de producir encuentros en los que los sectores público y privado, no sólo en el nivel de los empresarios, sino en el de todas las organizaciones sociales, se comprometan a hacer lo que está en sus manos hacer. Con plena conciencia de que, aunque el enemigo parezca insignificante, todos los días produce víctimas y pone a prueba tanto las instituciones políticas como las que surgen de las raíces mismas de la sociedad.
Muy curioso resulta que las comunidades científicas sigan encerradas por allá haciendo esfuerzos en temas ocultos y en busca de la solución de problemas por resolver, mientras que podrían sumar esfuerzos, aún en países periféricos, para desarrollar la capacidad de producir vacunas y atajar una pandemia que no depende de un virus muy difícil de aislar y contraatacar. Tal vez los gobiernos, en lugar de hacer anuncios optimistas que siempre buscan puntos en su aceptación, deberían poner juntos a unos cuantos para demostrar la capacidad que cada país tenga de afrontar un enemigo que no lanza amenazas en los periódicos sino que ataca de una vez como en una carga de consecuencias letales, ante la cual hay que reaccionar adecuadamente.