Pocas cosas pueden contribuir al deterioro del clima político de un país como el fallo de un tribunal supremo que además de inoportuno dé la impresión de que no se hizo justicia.
La decisión de la Corte Suprema de Egipto en el sentido de condenar al expresidente Hosni Mubarak a cadena perpetua por no haber evitado las matanzas del año pasado en la Plaza Tahrir no podía haber llegado en un momento más difícil. La sentencia, que estuvo acompañada de la absolución del mismo acusado por otros cargos y de familiares y funcionarios del régimen acusados por corrupción, ha sido objeto ya de todo tipo de reacciones que alteran aún más el ambiente con miras a unas elecciones presidenciales en las que se decide de manera dramática el destino del país.
El sólo hecho de condenar a cadena perpetua a un anciano al que tienen que llevar en camilla al escenario del juicio, pone las cosas en un tono de dramatismo inusual. Los años de castigo, en esas condiciones, serán en todo caso breves y parecerían una formalidad. Y los motivos para condenarlo, así se trate de la pérdida de vidas humanas, no se compadecen con las proporciones de los perjuicios que un régimen de treinta años haya podido acarrear.
Ya se sabe que las dictaduras no las ejerce una persona en soledad, sino que es precisamente el conjunto del poder, con sus validos y sus áulicos, el que aprovecha de toda una serie de ventajas y privilegios para deformar el sistema político y alejarlo por la vía de los hechos de las prácticas democráticas. Y se sabe también que el sistema judicial, en esas circunstancias, suele convertirse en un elemento más del mismo esquema, del cual no se puede esperar nada novedoso ni fuera de la línea más armónica con los intereses del Ejecutivo.
Es muy posible que el resultado, aparentemente favorable al grupo del anterior gobierno, del que fuera último Primer Ministro el actual candidato del establecimiento, produzca una reacción de repudio que empuje hacia el poder a los Hermanos Musulmanes, proscritos durante las décadas del régimen de Mubarak, que hizo de su contención uno de los elementos de justificación de su permanencia y de su protagonismo internacional.
Pero la eventualidad de un triunfo de los radicales islámicos implicaría problemas de pronóstico reservado tanto en el orden interno como en el internacional. En el primero de los casos, las primeras afectadas serían las minorías no musulmanas, como los cristianos coptos, así como los perdedores, que quedarían expuestas a la vindicta de quienes fueron mantenidos al margen durante muchos años por las antiguas autoridades. En el segundo caso, los países que gracias a la política amigable de Mubarak, como sucesor de Sadat, habían gozado hasta ahora de la fuerza tranquila de un Egipto comprometido con la paz y respetuoso con Israel, tendrán que hacer cuentas sobre los efectos que una nueva orientación del régimen de El Cairo pueda traer en la región más volátil del mundo, que tiene justamente en el reconocimiento y el respeto mutuo con los israelíes su clave fundamental.
Ante el panorama de una decisión difícil de tomar, se dice que las mujeres jugarán un papel importante en el resultado de la elección presidencial porque conforman el más amplio sector de los indecisos. Pero esto no alivia en nada las complejidades del proceso sino que lo hace aún más difícil, porque no será nada sencillo conquistar esos votos en una sociedad compleja, donde hay tantas modalidades de vida desde la condición femenina y tantas incertidumbres sobre lo que son sus aspiraciones y sus posibilidades reales dentro de un proceso en el que ellas han sido protagonistas muy importantes pero deben vencer aún barreras normativas, sociales y culturales indispensables para su integración más efectiva a una sociedad democrática, si eso es lo que prefieren.
Con los efectos de la sentencia de Mubarak de por medio, los egipcios se aproximan a un momento de verdad, y está por verse cuál sea la reacción de todo el aparato resultante de la inercia de más de tres décadas ante un resultado que al parecer les obligaría, en cualquier caso, a cambiar.