Para cuidarse en salud, no sea que les acusen de apoyar el terrorismo por las luchas que se aprestan a librar, según lo dicen, contra el colonialismo, Hugo Chávez y su amigo Muhammar Gaddafi han suscrito una declaración antiterrorista que aliviará a algunos pero a otros hará sonreír en medio de la incertidumbre o la incredulidad.
Terminada la cumbre afro-suramericana, a la que hay que reconocer como un hito en las relaciones internacionales contemporáneas, y que habrá que seguir con atención por lo que pueda significar en los escenarios multilaterales hacia el futuro, los líderes de Venezuela y Libia celebraron una cumbre particular en la que nadie ahorró esfuerzos por expresar admiración mutua e identidad de puntos de vista en materia política.
El uno con porte mesiánico, y el otro a la manera de profeta, Chávez y Gaddafi intercambiaron elogios del más alto rango, como el de equiparar al jefe libio con Simón Bolívar, por una parte, y por la otra considerar al venezolano como el nuevo héroe continental de los latinoamericanos, cuyas victorias electorales y derecho a permanecer en el poder fueron elogiadas como un acierto a favor de la liberación de los pueblos.
El rechazo al imperialismo y al trato subordinante que las potencias han dado tradicionalmente a los países de Africa y de América Latina se convirtió en la plataforma común del encuentro. De allí salieron propuestas como la de organizar una OTAN del sur, es decir una OTAS, en palabras de Gaddafi, destinada a contrarrestar el poderío de la del norte y a servir de marco para la seguridad en la cooperación sur – sur. Con la garantía implícita de la riqueza petrolera como sustento de la osadía ante el resto del mundo.
Los reclamos que se hicieron en cuanto a la necesidad de modificar el sistema de las Naciones Unidas refuerzan la corriente que recalca la inocuidad de la Asamblea General y reclama cambios en el Consejo de Seguridad. Se requirió una vez más el reconocimiento a países de mayor peso geográfico y demográfico en la institucionalidad internacional y se protestó por el abuso del derecho a callar a los demás y tomar decisiones trascendentales en manos de los ganadores de la última guerra mundial. Pero lo que más llamó la atención de ese publicitado y efusivo encuentro bilateral, fue la postura de los dos jefes frente al terrorismo.
Ya sabemos que Gaddafi, acusado y castigado por apoyar el terrorismo a lo largo de sus cuatro décadas en el poder, aprovecha toda oportunidad por enmendar la página, lo que le ha producido réditos en el propósito de regresar, con todos los honores, al rebaño de la comunidad internacional. Por eso pudo ir por primera vez a Nueva York, así fuese a decir lo que dijo, y por eso se le han abierto puertas por mucho tiempo cerradas.
Lo que está por verse es si la alianza con Chávez le resulta favorable o no a los ojos de las cancillerías de las grandes potencias de occidente, y a los de la opinión pública tradicional. La declaración formulada, que sólo los signatarios conocen por ahora en su integridad, busca, según lo dijeron los dos jefes, evitar que las potencias enemigas puedan equiparar las luchas anticolonialistas con el terrorismo. El punto no deja de llevar una carga grande de sutileza y de constituir una precaución estratégica destinada a justificar todavía no se sabe qué tipo de acciones. Vaya uno a saber si se trate de acciones que se puedan confundir con el terrorismo o con el apoyo a movimientos calificados como terroristas. Porque si no, ¿para qué la aclaración?