La crisis de las instituciones hipotecarias en Estados Unidos se propaga como la pólvora.
En un principio las dificultades se concentraban en los créditos subprime, que representan el 5% del mercado hipotecario; luego se extendieron a toda la vivienda, más tarde pasaron a las instituciones asociadas por la vía de los bonos y ahora tocan a las grandes instituciones financieras, como el Citibank, y amenazan con precipitar la economía estadounidense en recesión.
El debilitamiento de la economía de Estados Unidos no origina los fundamentos sino ??en los desaciertos de la política macroeconómica. Está asediada por la concepción macroeconómica predominante de los últimos veinte años, que bien puede sintetizarse en el banco central autónomo para reducir la inflación y en la desregulación financiera. En la creencia de que la inflación es un simple problema monetario, proliferaron los bancos centrales cuya prioridad es regular los índices de precios y en la presunción de que el mercado financiero opera en equilibrio, se renunció al prestamista de última instancia y se confió en que las perturbaciones se neutralizarían por las fuerzas de la competencia.
Las primeras víctimas del modelo fueron las economías emergentes, cuando en 1997 se reventó la burbuja financiera en Asia y, posteriormente, sucedió lo mismo en 1999 en Colombia y 2001 en Argentina, para citar dos casos de América Latina. En todos ellos se presentaron quiebras en el sistema financiero y grandes fluctuaciones de los índices de precios de las acciones, los bonos y las tasas de cambio, que ocasionaron traslados masivos de los agentes económicos hacia activos líquidos. Fieles al principio de que la función primordial de los bancos centrales es el control de la inflación y alentados por el FMI, aplicaron severas políticas de contracción monetaria y alzas de interés para evitar la devaluación y su traslado a los precios finales. Así, a la mayor demanda de dinero generada por la crisis se le agregó una contracción de la oferta, lo que provocó un severo choque que se llevó la actividad por delante. Las economías asiáticas, al igual que Colombia y Argentina, experimentaron la peor caída del producto del siglo.
Luego de que Greenspan se apartara de la regla monetaria y acudiera a la emisión para compensar la reducción de la liquidez ocasionada por el atentado del 11 de septiembre y las subsiguientes perturbaciones financieras, Bernanke regresó a la filosofía inicial. En forma abierta anunció que no emplearía los poderes de emisión para salvar instituciones que asumieron riesgos excesivos y que el ajuste debía realizarse por la vía del mercado. A poco andar, la presión de Wall Street y de los empresarios lo obligó a retractarse y emitir sin consideración para atender los problemas de liquidez y, al final, la acción resultó tardía y demasiado general. Lo cierto es que las indeterminaciones de la Reserva Federal, que un día dice una cosa y al siguiente la contraria, han incrementado la desconfianza del público, agravado las pérdidas de las instituciones y aumentado las necesidades de liquidez.
Lo más preocupante es que amenaza con terminar en recesión en Estados Unidos y extenderse a América Latina. La economía estadounidense crecerá menos de 2% en el último trimestre y algo menos en el primer semestre de 2008. Los precios de las bolsas latinoamericanas se han vuelto más volátiles, los ingresos de capitales se han contraído y la revaluación tiende a revertirse en todas partes.
La experiencia deja lecciones que contradicen la sabiduría convencional. La inflación no es un simple fenómeno monetario; el dinero tiene claros efectos reales, e incluso pueden ser mayores que los nominales. De ninguna manera la tarea de los bancos centrales se puede reducir a mover las tasas de interés de acuerdo con el historial de precios. El sector financiero constituye un típico mercado en desequilibrio. Las pérdidas puntuales de los bancos se extienden al resto del mercado e inducen a los individuos a desplazarse a activos de menor riesgo; la demanda de dinero aumenta, y si no se provee mediante el prestamista de última instancia, se ocasiona un choque de demanda agregada que reduce la actividad productiva y agrava la crisis financiera. Por último, el sistema financiero no puede dejarse libre para que asuma grandes riesgos y los traslade al conjunto de la economía, como sucedió con las hipotecas y los bonos subprime.
Ojalá que los autores de las reformas al Banco de la República y al sector financiero en proceso asimilen estas lecciones teóricas y no reincidan en el error de replicar instituciones foráneas sin beneficio de inventario. En términos generales, se plantea avanzar hacia un banco central que, en forma coordinada con el resto de la política, opere sobre varios propósitos (inflación, crecimiento, empleo y balanza de pagos) y en los momentos de crisis actúe como prestamista de última instancia, al igual que en una severa regulación financiera que castigue la especulación y las triangulaciones y evite que los riesgos se trasladen al público.