La valorización de activos es un fenómeno ficticio que en algún momento se revierte.
El modelo de libre mercado que se impuso en las últimos veinticinco años en las economías occidentales, luego de dar resultados precarios en los países de América Latina, ahora está mostrando graves fisuras en las naciones más avanzadas. La crisis mundial es la conjunción de sus tres pilares centrales: la desregulación de los mercados, el libre comercio y el banco central autónomo.
El consenso macroeconómico giró en torno a que las alteraciones del sistema se autoregulan o los bancos centrales subsanan la deficiencias con medidas de tasas de interés y liquidez, de suerte que la producción se mantiene cerca del pleno empleo y las tasas de interés registran valores positivos. En la actualidad se observa todo lo contrario en la economía estadounidense y en varias de las europeas: la tasa de interés está cerca de cero y el producto nacional y la producción industrial revelan caídas espectaculares.
Ésta es una clara evidencia de que la economía opera con un exceso de ahorro que anula la política de la Reserva Federal. Las cuantiosas inyecciones de crédito por la vía general o individual no las ha recibido el público. Así, el aumento de los activos de la Reserva en más de US$1 billón no se reflejan en los agregados monetarios ni en el crédito que se mantiene bloqueado.
No se ha entendido que el consenso macroeconómico está fundamentado en la presunción de que el ahorro se iguala a la inversión, que es totalmente inapropiada para una recesión originada en la desvalorización de activos, estimada en cerca de US$14 billones, algo así como el PIB anual de E.U., y libera una cifra similar de ahorros. Esta eventualidad se excluye en las teorías convencionales, y se ha presentado con relativa frecuencia en América Latina. Las crisis cambiarias, que han sido una constante de la región, se manifiestan en excesos de ahorro que quiebran la demanda y tumban la producción y el empleo.
Ciertamente, la política fiscal es mucho más efectiva que la entrega indiscriminada de la emisión. La gran duda es hasta dónde el gasto público puede compensar la enorme contracción causada por la desvalorización de activos. La receta es limitada por la capacidad física de las actividades públicas y por las consecuencias desestabilizadoras que tendría en el momento de la reactivación.
De acuerdo con la previsión de la oficina del Presupuesto del Congreso, el déficit fiscal comprometido por la administración Bush para 2009 asciende a US$ 1.2 billones. Si a esto se adiciona el plan de estímulo de la administración Obama de US$800 mil millones para dos años, el déficit podría llegar a 11% del PIB. Aunque esta cifra aparece enorme en términos históricos y constituye un tope máximo, no deja de ser una fracción del ahorro liberado por la desvalorización de activos.
La principal falla del modelo es la dependencia en la especulación. La globalización dentro de un contexto de exceso de ahorro mundial se convierte en una máquina de burbujas. Basta una mirada retrospectiva para advertir que el precio de los activos es el principal determinante del crecimiento de Estados Unidos, e incluso de Colombia. De esta manera, Greenspan mantuvo la actividad económica después del atentado del 11 de septiembre, inyectando liquidez y crédito barato y facilitando el traslado del riesgo a los demás para elevar los precios de las acciones, la vivienda y la propiedad bancaria. Sin embargo, el proceso no es sostenible. La valorización de activos es un fenómeno ficticio que en algún momento se revierte; el desplome de las cotizaciones arrastra consigo la producción y el empleo y destruye el control macroeconómico. La política monetaria se torna inoperante y la fiscal, insuficiente.
Todo esto es la consecuencia de un gran desajuste comercial. La competencia para exportar coloca los salarios por debajo de la productividad y resulta en excesos de ahorro que se desplazan a los países con déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, como Estados Unidos, para financiar la valorización de los activos existentes. Por eso, en los últimos 20 años la constante de las aperturas ha sido el deterioro de la distribución del ingreso dentro de los países.
La causa de la crisis es el libre mercado y la solución, un nuevo modelo que modifique sus pilares centrales. Hay que regular y vigilar severamente las instituciones financieras, adoptar una organización macroeconómica que busque varios objetivos y actúe sobre diversos objetivos, crear las bases para el crecimiento inducido en la riqueza y la generación de empleo, e intervenir en forma concertada los mercados cambiarios para reducir el déficit en cuenta corriente de Estados Unidos.