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El colapso económico

18 de abril de 2020 - 09:00 p. m.

La evolución del coronavirus y las soluciones están basados en diagnósticos, suposiciones y teorías, que no han sido confirmadas por la evidencia científica y tienden a esclarecerse con las cifras generadas por el mismo proceso. En el fondo estamos ante un experimento de confrontación con los hechos.

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La medida cambió totalmente la economía en que la demanda genera la oferta y se sustituye por otra en que la oferta determina la demanda. Así, la producción no genera el ingreso que la sostenga. La economía queda expuesta a un ingreso nacional superior al gasto. La actividad productiva se desploma y el mercado no hace nada para evitarlo.

Sin duda, la epidemia requiere un manejo heterodoxo de la economía. Pero ese manejo no es posible con instituciones creadas durante treinta años dentro de la concepción neoliberal de libre mercado y gestores ortodoxos. No es posible detener la caída del producto y evitar los daños dentro de la política monetaria de tasas de interés, la independencia del Banco de la República, el libre comercio y la flexibilidad laboral.

Nada de esto es viable sin un cambio drástico en el modelo económico para enfrentar el desplome de la producción, el empleo y los salarios. Como mínimo se requiere la coordinación del Banco de la República y la política fiscal, amplia protección a la industria y la agricultura, severa regulación, comercial, cambiaria y financiera, progresividad fiscal, desprivatización de las empresas públicas y subsidios a la creación de nuevos empleos. 

Lo cierto es que la confinación tiene un efecto sobre la economía que no fue cuantificado ni analizado. La caída del producto es mucho mayor que la imaginada y la secuela sobre los sectores menos favorecidos no puede ser compensada con las transferencias fiscales. El aumento del gasto fiscal ocasiona una caída del ahorro, a tiempo que la caída del precio del petróleo y la contracción del comercio mundial amplían el déficit en cuenta corriente. Los dos efectos no pueden ser contrarrestados por el aumento de la liquidez, porque las empresas no la reciben, y en su lugar, contraen el gasto en inversión. El control macroeconómico se pierde. En el desespero el ministro de Hacienda presenta una nueva reforma tributaria que solo entraría en vigencia en dos años y acentuaría la contracción de la inversión.

En fin, los hechos se han encargado de confirmar que el confinamiento no es sostenible por largo tiempo en países con la distribución del ingreso de Colombia. La caída del producto y la reducción del ingreso de los sectores menos favorecidos no pueden ser compensados con las transferencias fiscales. El Gobierno no tiene más opción que desmontar la cuarentena en forma gradual y selectiva.

Por fortuna, la salud pública evoluciona mucho mejor, en parte porque no se cumplieron las proyecciones oficiales. En el modelo matemático del Observatorio Nacional de Salud del Instituto Nacional de Salud, que fue realizado con el respaldo de instituciones nacionales e internacionales, se proyectaba que en esta época el número de contagiados llegaría a cuatro millones y el sector salud estaría cerca del colapso con un millón de pacientes en cuidados intensivos. En términos más técnicos, se proyectaba que la curva epidemiológica se aplanaría. Lo que se observa más bien es que el número de contagiados está llegando al máximo nivel y la tasa de crecimiento (tasa de contagio) desciende y se acerca a cero. Los hechos revelan un virus que no tiene la fuerza para sostenerse en Colombia.  

En la próxima columna, cuando esté terminando la cuarentena y se disponga de información más amplia, se podrá evaluar con mayor precisión si los diagnósticos y soluciones del Gobierno sobre la enfermedad están en la dirección correcta o conviene modificarlos.

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