En el último año y medio el alza de la tasa de interés precipitó el desplome de la economía.
En días pasados se divulgaron cifras del Plan 2019 que revelan un total incumplimiento de las metas de crecimiento, empleo y pobreza para los tres primeros años.
En varios foros y debates, que se resumen en la columna de diciembre de 2005, señalé que el Plan gira alrededor de los tres pilares que han caracterizado los planes y políticas de los últimos 25 años. Primero, la austeridad fiscal y monetaria. Segundo, el motor de libre mercado sustentado por la entrada de capitales y las exportaciones. Tercero, la política pública guiada por criterios de mercado y administrada por el sector privado.
Sobre estas bases anticipé que el Plan replicaría el historial del último cuarto de siglo y advertí que el elevado crecimiento que se observaba en ese momento no generaba empleo ni era sostenible. El comentario, que suscitó la respuesta del jefe de Planeación, se confirma con los episodios que siguieron a la divulgación del documento a finales de 2005.
El primer pilar se fundamenta en la inflación objetivo del Banco de la República y en la ley de sostenibilidad fiscal que impone la generación de superávit primarios. El dispositivo, en un mundo en el que la inflación tiene un alto componente externo, constituye un freno permanente a la actividad productiva. Por lo demás, le resta total capacidad de manejo anticíclico a la economía. Así, en el último año y medio se vio cómo el alza de la tasa de interés y el superávit fiscal precipitaron el desplome de la economía en 2008 y ahora carecen de total flexibilidad para reactivar la economía.
El segundo pilar está montado en la teoría de ventaja comparativa en la cual los países se especializan en los bienes de menor costo. Aún más diciente, las exportaciones y la entrada de capitales constituyen un motor infinito de expansión. Los hechos se han encargado de demostrar que el comercio internacional es una confrontación en que la competencia coloca los salarios por debajo de la productividad y no todos los países están en capacidad de expandir las exportaciones dos veces por encima del producto. Así, la crisis mundial ha adquirido la forma de un colapso externo que recae en un mayor grado en los países exportadores. Por su parte, la dependencia de la inversión extranjera y el crédito externo inducen entradas de capitales que resultan en salidas mayores y propician la revaluación y la formación de burbujas que redundan en grandes bonanzas y grandes caídas.
La confluencia de los dos primeros pilares no podía ser más traumática. La austeridad fiscal y monetaria atenta contra la producción y el empleo, y la alta dependencia de las importaciones destruye las oportunidades de ocupación.
Por lo demás, el motor de libre mercado deja la economía expuesta a grandes desplomes y la política macroeconómica carece de la flexibilidad para contrarrestarla. Se configura el típico perfil de crecimiento que no genera empleo y no es sostenible. En efecto, las elevadas tasas de crecimiento entre 2005 y 2007 coincidieron con un aumento del empleo por debajo de la población y se desplomaron sin que lo advirtieran las autoridades económicas.
Lo más alarmante es que los tres pilares atentan contra la equidad. A los resultados anteriores sobre el empleo habría que agregar la baja del salario con respecto a la productividad ocasionada por la competencia internacional y el alza de los precios de los activos propiciada por la desregulación financiera, los poderes monopólicos y las burbujas. Para completar, la política pública ha estado muy distante de contrarrestar el sesgo regresivo del perfil de crecimiento. La entrega de la administración de las actividades sociales al lucro individual les ha significado grandes ganancias a los intermediarios y propicia acciones discriminatorias en contra de los sectores más necesitados, como se tipifica en la seguridad social, la salud y la educación. Por eso, no obstante la elevación del gasto social y el alto crecimiento, la pobreza aumentó a partir de 2006.
Los hechos son más elocuentes que las palabras. Los objetivos centrales para los primeros años del Plan se incumplieron en forma astronómica. La economía no crece entre 5 y 6%, sino lo hizo al 2,5% en 2008 y se contraerá en el presente año; la pobreza no bajó a 39% sino aumentó a 48%; y el desempleo no se redujo a un dígito sino llegará a 13%.
El fiasco constituye una prueba de que el Plan 2019 estaba fundamentado en concepciones y teorías que no correspondían a la realidad. Tal como lo ilustraba en su momento nuestra metodología de descomponer el desempeño de las economías en partes, los resultados iniciales replican el historial de los últimos veinticinco años.
El producto nacional crece al ritmo más bajo del siglo, la distribución del ingreso se deteriora y el desempleo se coloca sistemáticamente por encima del 12%.