La tendencia tradicional del país de que la mayoría de los votantes prefieren a los candidatos de centro, cambió en la actual campaña presidencial. Por razones no suficientemente analizadas, los votantes tienen una clara preferencia por los candidatos extremos de derecha e izquierda.
Al igual que muchos aspectos de la naturaleza, los votantes se comportaban en los tiempos recientes dentro de una curva de probabilidades normal en que la mayoría se inclina por los valores medios, representados por los candidatos de centro. Los postulantes extremos eran borrados por la ley de las probabilidades. La contienda se reducía a los candidatos de centro que se presentaban fraccionados y ganaban las elecciones con el apoyo de las maquinarias. La excepción fue la alcaldía de Bogotá, que en varias oportunidades fue ganada por los candidatos de izquierda con votaciones muy inferiores al promedio.
Las condiciones cambiaron en la actual campaña. Desde un principio se vio en las encuestas que los candidatos del Centro Democrático y el Colombia Humana se colocan por encima del resto y crecen rápidamente. Sin embargo, la realidad se rechazaba culpando las encuestas y los procedimientos institucionales de las consultas. La tendencia se confirmó en las elecciones recientes al Congreso y las consultas de los partidos. Duque y Petro obtuvieron porcentajes similares a los de las encuestas, la diferencia entre los dos se aumentó, y ambos superaron por amplio margen al resto de candidatos.
Aquí se confundió el centro. En lugar de reconocer que sus votantes se alejaron y no podían sostenerse fraccionados, confiaron que los partidos políticos desprestigiados los alinearían e invalidarían las encuestas. Dentro de cierta ingenuidad creyeron que los seguidores regresarían al comportamiento probabilístico del pasado. Los hechos son distintos. La tendencia se acentúa cada vez más en favor de los extremos, y desconocerlo es como negar la ley de la gravedad. A estas alturas el proceso es tan acentuado que no es aventurado afirmar que la votación de Duque y Petro supera ampliamente el 60 %.
Lo grave es que el sistema electoral se torna perverso. Los votantes del centro, ante el bajo registro de sus candidatos preferidos y animados por el voto útil, proceden a manifestarse en contra del candidato extremo que más les disgusta. Se genera un proceso que aumenta la votación artificial de los extremos y disminuye más la del centro. La confrontación se reduce a los candidatos extremos y la relación se vuelve altamente volátil y de difícil predicción. Las alianzas sólo tienen sentido alrededor de sus cabezas; por ejemplo, la coalición entre Fajardo y De la Calle no tiene el volumen para afectar los resultados de la primera vuelta.
Un sistema electoral montado en una curva probabilística irregular no garantiza funcionamiento orgánico de la sociedad. Las soluciones no se consiguen por la vía de la aproximación de las partes, sino de la ruptura. Contrario al principio democrático de las mayorías, los ganadores son mucho menores que los perdedores.
No menos preocupantes son las condiciones de gobernabilidad para el presidente electo. La experiencia colombiana muestra como las fuertes confrontaciones políticas han constituido un serio obstáculo para la solución de los grandes problemas económicos y sociales. Las reformas requeridas para recuperar la industria y la agricultura, aumentar la progresividad tributaria, reducir las enormes inequidades del gasto social (salud, educación y pensión), no son posibles sin consensos que aseguren su viabilidad técnica y sobretodo la continuidad.