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La desaceleración de la economía

27 de marzo de 2008 - 09:31 p. m.

En la última columna mostré como los analistas y columnistas estadounidenses durante seis meses negaron la recesión que estaba totalmente reflejada en los índices de producción, empleo y precios de los activos.

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Algo similar está sucediendo en Colombia. El país se montó sobre la ficción de que había entrado en la senda de crecimiento asiático, durante dos años se presentó como algo que se mantendría por varios años y hasta hace poco un grupo de expertos, con el Ministro de Hacienda a la cabeza, proclama que Colombia está blindada contra las perturbaciones de la economía mundial.

Hace tres años, cuando la economía alcanzo tasas de crecimiento superiores a 5%, formulé interrogantes sobre su calidad. El modelo carecía del motor de crecimiento que le diera impulso y continuidad y también carecía de coherencia macroeconómica. En el fondo, se trataba de un esquema simplista de entrada de recursos externos que causaba revaluación, propiciaba la especulación y disparaba la demanda, y se manifestaba en un déficit creciente de la balanza de pagos que no era sostenible y en el decaimiento de la capacidad de generación de empleo.

Las primeras señales de fragilidad del sistema se registraron en las cifras laborales. No obstante la reactivación y las altas tasas de crecimiento, el empleo ha crecido en los últimos cinco años sistemáticamente por debajo de la población. El dinamismo provenía en buena medida la sustitución de la producción nacional y la mano de obra por materias primas y bienes de capital, que elevan la productividad, pero no generan el empleo ni el ingreso para sostenerla.

La inviabilidad del modelo se hizo patente a finales de 2006, cuando la economía entró en una fase de revalución y alzas en los precios de los bienes no transables. Esta era una clara evidencia de que la economía avanzaba por encima de sus posibilidades. Infortunadamente no se oyeron las recomendaciones de esta columna de adoptar un viraje en la política macroeconómica para corregir los desajustes sin resquebrajar la actividad productiva. Por el contrario, el Banco de la República, dentro del criterio de inflación objetivo, procedió a elevar la tasa de interés en forma sistemática. En razón de que la inflación es más externa que monetaria, el expediente fracasó en forma rotunda. No evitó el disparó de la inflación y, en su lugar, exacerbó la revaluación y detuvo el crecimiento económico.

A lo largo de 2007 se observa una caída sistemática de los indicadores de actividad productiva. Sin embargo, los síntomas se ocultaron por los cambios metodológicos y las comparaciones acomodaticias de las estadísticas. La realidad sólo se vino a esclarecer en los dos primeros meses del año. El consumo de energía crece 2,5%, la producción industrial aumenta menos de 5% y la construcción se descuelga. Las ventas del comercio crecen 2%, las de automóviles descienden y las de alimentos se desploman. Las cotizaciones de la bolsa bajaron más que en los mercados internacionales, la cartera vencida se disparó y los fondos de pensiones perdieron dos billones en enero.

La caída del crecimiento no contribuyó a mejorar su calidad. La economía avanza a menos de 5% y éste es menos sostenible que en el pasado; el déficit en cuenta corriente es mayor, los índices de cartera morosa evolucionan rápidamente y la inflación es más alta. Y todo esto puede adquirir visos críticos por la recesión de Estados Unidos, que tarde o temprano se reflejará en una caída de los precios de las materias primas, la reducción de las exportaciones, el freno de los flujos de capitales y el contagio de la caída de la bolsa y los temores financieros.

Lo más preocupante es que el Gobierno carece de teoría para enfrentar el vendaval. En los últimos tres meses, en plena crisis financiera mundial y disparo de la inflación, la Junta del Banco de la República sólo se ha reunido para discutir si sube la tasa de interés de referencia 0,25 puntos o la mantiene inmodificada. La mitad de los miembros propone subirla para reducir la inflación y la otra mitad, bajarla para evitar la revaluación, y ambos grupos están equivocados porque el problema no es lograr un objetivo a cambio del otro. Nada se gana, y mucho se pierde, desbordando la inflación para detener la revaluación, o devastando el sector productivo con la revaluación para moderar la inflación. Se olvida el primer curso de ciencias básicas, en el cual se enseña que un solo instrumento no puede lograr varios objetivos.

Lo que se plantea es dejar de lado la obsesión por la tasa de interés y adoptar un nuevo modelo que regule los ingresos de capitales, intervenga el mercado cambiario, aplique subsidios y aranceles selectivos y controle en forma directa los precios a las actividades monopólicas, para lograr los tres objetivos simultáneamente: mantener el crecimiento económico, detener la revaluación y moderar la inflación. En fin, se requiere más imaginación y menos recetas de libro texto norteamericano, que están por recogerse en su mismo lugar de origen.

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