El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Protestas y modelo único

05 de noviembre de 2011 - 08:00 p. m.

Las protestas mundiales por la inequidad van en aumento. La inconformidad gira alrededor de las crecientes desigualdades que se manifiestan en la concentración de las ganancias del 1% mas rico, la baja de los salarios ocasionada por la globalización y la asimetría del sistema financiero.

PUBLICIDAD

Los epicentros de las marchas se encuentran en Wall Street, Chile y España.

Los grupos radicales se han precipitado en descalificar las marchas como irracionales. El examen de las críticas y propuestas sugieren un dictamen más objetivo. En muchos casos corresponden a fallas lamentables de la economía mundial. La crítica de la concentración de las ganancias en el 1% más rico no podía ser mas justificada. La mitad de las ganancias de ingreso recaen en esa cúpula. Lo mismo puede decirse de la fragilidad del sector financiero. En la práctica surgió una organización de pirámides en que los activos corresponden a menos de 85% de los pasivos. La práctica se manifiesta en tasas de interés ficticias que aumentan las ganancias de las instituciones financieras a cambio de trasladar las pérdidas a los contribuyentes en los momentos de crisis. La tercera critica gira alrededor de los efectos de la globalización sobre el mercado laboral. En todas partes se manifestó en la depredación de los ingresos laborales, aumento del desempleo y la informalidad, ampliación de la brecha entre trabajadores administrativos y fabriles y desocupación creciente de los jóvenes.

Curiosamente, los aspectos descritos no son otra cosa que la síntesis de los efectos adversos del modelo único que se impuso en los últimos treinta años. Las soluciones son bien conocidas. En términos concretos se propone un impuesto draconiano al capital, regulación estricta del sector financiero y moderación de la globalización mediante la intervención coordinada de los tipos de cambio y la ampliación de políticas industriales. Si bien se trata de soluciones técnicas que resultan de la observación de los hechos, precipitan las reacciones mas airadas, porque significan la modificación el modelo único que servio de referencia a los organismos internacionales, los bancos centrales y la enseñanza de las universidades más importantes. Así, la revista The Economist señala que semejantes determinaciones causarían más daños que beneficios sobre la distribución del ingreso. En abierta contradicción, a regañadientes acepta que las fallas de modelo único ocasionaron el disparo de las desigualdades mundiales, pero no reconoce que su revisión las corregiría.

En todo esto no faltan los errores del pensamiento dominante. Por mucho tiempo se postuló que las desigualdades no afectan la actividad productiva, en la creencia de que los bajos ingresos de los trabajadores se compensan con las elevadas ganancias de los capitalistas para mantener el gasto. La realidad es muy distinta. La exacerbación de las diferencias quebró el equilibrio macroeconómico; se conformó un exceso de ahorro que interfiere la producción y el empleo y torna más frecuentes las recesiones y las crisis cambiarias y financieras. No es casual que las fallas del sistema señaladas en las protestas sean las mismas que impiden a los líderes mundiales reactivar y normalizar las economías con las terapias tradicionales.
El problema es claro. Estamos ante el rechazo de un sistema que fallo técnicamente y sus gestores se resisten a modificarlo. Muchos de los conflictos y de las inconformidades se aplacarían si se procediera a introducirle cambios de fondo al modelo único en materia tributaria, regulación financiera y libertad comercial. Más aun, contribuirían a superar la crisis macroeconómica que causó la recesión de 2008 y la posterior reaparición.

Conoce más
Ver todas las noticias