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Quiebre de las instituciones dominantes

13 de agosto de 2011 - 08:00 p. m.

La decisión de la Reserva Federal de mantener la tasa de interés cero, la condenación del déficit fiscal y el endeudamiento por las firmas calificadoras y los grupos extremistas, y la anarquía de los tipos de cambio suscitan serios interrogantes sobre la capacidad de las instituciones dominantes para enfrentar los síntomas de recesión.

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El predominio neoliberal condujo a conformar un orden económico internacional inspirado en las teorías de libre mercado y representado por el tipo de cambio flexible, el presupuesto fiscal balanceado, el banco central autónomo que le da prioridad a la inflación sobre cualquier otro objetivo. En tal contexto, se esperaba que el mercado, o en su defecto la política monetaria, condujera al pleno empleo y la plena capacidad, las tasas de interés alcanzaran valores positivos y las balanzas de pagos se regularan por el tipo de cambio.

La realidad es totalmente distinta. La globalización, en un mundo donde no se cumple la ventaja comparativa, presionó los salarios por debajo de la productividad y se manifestó en un exceso mundial de ahorro sobre la inversión y tasas de interés cero. El equilibrio macroeconómico dejó de existir. La producción y el empleo se establecen por debajo de sus posibilidades y los ingresos del trabajo disminuyen en términos del PIB. La plena ocupación está condicionada a la conformación de déficits fiscales permanentes y a la intervención coordinada de los tipos de cambio.

No es una disquisición académica. La configuración generalizada de déficits fiscales, que en promedio superaron el 5% del PIB, sacó la economía mundial de la recesión en menos de un año. Aún más diciente, el recorte de los estímulos precipitó la recaída de Europa y Estados Unidos.

Nada de esto es posible dentro del marco institucional existente. Los países y los organismos internacionales han establecido todo tipo de limitaciones para impedir los déficits fiscales y el endeudamiento y la intervención en el tipo de cambio se ve impedida por las modalidades cambiarias y la prioridad de la inflación. El sumo se dio en las últimas semanas, cuando el Partido Republicano y las firmas calificadoras proscribieron de un tajo el gasto público, el déficit fiscal y el endeudamiento.

No menos diciente es la respuesta de la Reserva Federal al debilitamiento de los indicadores de actividad en el último semestre. Los anuncios no van más allá de la aplicación de políticas monetarias que operan a través de la especulación y burbujas, acentúan las desigualdades e introducen vínculos perversos. El crecimiento se impulsa por el alza de los precios de los activos, que incrementa la riqueza y el consumo de los sectores altos, y con estímulos fiscales temporales, que no garantizan mayor sostenibilidad. La verdad es que las autoridades nacionales y mundiales se aprestan a enfrentar los nuevos episodios con las mismas instituciones que causaron la recesión de 2008 y ahora la recaída.

En el fondo, lo que se plantea son políticas fiscales expansivas que compensen la diferencia entre la productividad y los salarios y les permita a las grandes mayorías adquirir los bienes que están en capacidad de producir. El impedimento reside en que todas las instituciones de libre mercado establecidas en los últimos 25 años apuntan en la dirección de deprimir los ingresos del trabajo y propiciar ganancias al capital. Por eso, la viabilidad de la propuesta está sujeta a un nuevo orden económico internacional basado en instituciones que acepten déficits fiscales promedio de más de 5% del PIB, subordinen la política monetaria a la fiscal, concedan prioridad a la regulación cambiaria sobre la inflación y avancen en la creación de un marco mundial que armonice los tipos de cambio.

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