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Salida a la crisis mundial

29 de noviembre de 2008 - 01:48 a. m.

La verdadera causa es la confluencia de un exceso de ahorro generado por la globalización.

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El colapso financiero mundial se empezó a gestar en el primer semestre de 2007, tuvo la manifestación más clara en agosto en la crisis de las hipotecas subprime, provocó la bancarrota en forma de dominó de los bancos de inversión y algunos comerciales y precipitó en recesión a Estados Unidos, Inglaterra y Japón. La economía estadounidense descenderá varios puntos porcentuales en el cuarto semestre y se dirige a la deflación.

La respuesta de la Reserva Federal a la crisis hipotecaria fue la baja de la tasa de interés, la ampliación de generosas líneas de crédito y la entrega de rescates a las instituciones en dificultades. Luego de un año, la política no evitó la caída de la bolsa, ni la bancarrota de los bancos, ni la rápida desaceleración de Estados Unidos. Sin mayor beneficio de inventario, se dio por hecho que se trataba de un problema de solvencia, ocasionada por la pérdida de capital de los bancos, y se adoptó la propuesta del Gobierno británico de movilizar el apoyo para adquirir la propiedad bancaria y reanudar el crédito. A poco andar se vio que la medida no había tenido los propósitos buscados; los bancos destinaron los fondos para adquirir otros bancos y la restricción del crédito continuó.

Todavía no se ha aceptado que la crisis hipotecaria y la bancarrota bancaria eran la manifestación de un problema más amplio. La verdadera causa de la crisis es la confluencia de un exceso de ahorro generado por la globalización y la desregulación financiera que se inició hace 25 años y se acentuó en los últimos siete años. Ambos elementos provocaron el alza sin precedentes de las cotizaciones de las acciones, la vivienda, el capital bancario, las materias primas, que no podía mantenerse indefinidamente. Ahora la desvalorización de los activos, estimada en 80% del PIB, ha liberado el ahorro, impidiendo que los nuevos ingresos se conviertan en inversión y consumo, como sucede en la producción de automóviles.

La economía ha quedado expuesta a un exceso de ahorro que ha llevado la tasa de interés a cero e impide que la liquidez entre al sistema. El mercado no tiene la capacidad para autorregularse ni de movilizar el crédito, y las políticas convencionales no sirven para facilitarlo y propiciarlo. El funcionamiento y la normalización de la economía están condicionados a la intervención del Estado, que se ha aplicado en forma tenue y vacilante. No bastaba intervenir el patrimonio de los bancos; adicionalmente había que actuar en su administración y operación para que los aportes se reflejaran en crédito y entrar en las empresas industriales y comerciales para que lo recibieran.

Hasta el momento, los anuncios oficiales de rescates han estado más orientados a influenciar las expectativas que a materializarlos. En los últimos días se advierte un cambio de actitud. El nuevo plan del secretario del Tesoro, el de US$800 mil millones de la Reserva Federal y el de US$600 mil millones insinuado por Obama, parecen encaminados a meterle la plata en el bolsillo a la gente, pero falta ver si lo lograrán y se convertirá en gasto efectivo.

Ante todo, se plantea una política fiscal y monetaria orientada a movilizar la emisión hacia los sectores que están dispuestos a aceptarla. Sin embargo, su dimensión se ve limitada por sus efectos desestabilizadores en el momento de la reactivación. En la práctica no se puede esperar un déficit fiscal de más de 5% del PIB, que no deja de ser una fracción de las monumentales pérdidas causadas por la desvalorización de los activos.

Lo que no se ha entendido es que la mayor parte del ajuste tendrá que provenir del déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos, que es el gran responsable del cuantioso ahorro que Estados Unidos capta del resto del mundo y sólo ha tenido receptividad en la valorización de los activos. La experiencia de los últimos diez años muestra que la devaluación del dólar no es viable dentro del marco de tipo de cambio flotante. La tarea sólo puede realizarse dentro de una organización cambiaria de cambio fijo o mediante la intervención abierta orientada a adquirir las divisas del resto del mundo a un precio superior al del mercado.

Mientras se persista en las teorías que sirvieron para validar la autorregulación de los mercados, no será fácil detener el agravamiento de la crisis mundial. La solución de fondo requiere la presencia decidida del Estado en los patrimonios bancarios, el crédito dirigido, la configuración de déficit fiscales y la intervención en los mercados cambiarios mundiales, para inyectarle al sistema los recursos requeridos para contrarrestar la desvalorización de los activos que impide la movilización del ahorro a la inversión, mantiene la recesión y la extiende a todo el orbe.

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