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¿De qué liderazgo me habla?

23 de septiembre de 2020 - 10:00 p. m.

Según datos del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), entre enero y lo que va corrido de septiembre de 2020 han sido asesinados en Colombia más de 152 líderes y lideresas sociales, defensores de derechos humanos y exmiembros de las Farc. La mayoría de estos últimos le apostaron a la paz y a la dejación de las armas, pero el Estado les falló. Ha habido 61 masacres en las que murieron 246 personas, muchas de ellas jóvenes, sin contar los 22 muertos entre el 19 y 23 de este mes.

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Mientras el país observa con estupor esta tragedia que parece no encontrar fin, las autoridades prometen investigaciones exhaustivas que en su mayoría no han arrojado resultados que permitan esclarecer quiénes son los autores y cuáles son las motivaciones detrás de estos hechos. En paralelo presentan planes de acción que fundamentalmente proponen incrementar la presencia del ejército y la policía, pero no enfrentan las causas reales que hay detrás de estos asesinatos. Entre ellas, la ausencia del Estado y el abandono en el que se encuentran las regiones más impactadas por la violencia son evidentes.

Estas respuestas privilegian el uso del poder basado en la coacción y la fuerza, y no en el ejercicio de una autoridad cimentada en la legitimidad, la confianza, el respeto y la construcción colectiva de soluciones.

En lo que respecta a los gobernantes, los verdaderos líderes no son los ungidos por su partido para gobernar, sino aquellos que son capaces de actuar con empatía. Es decir, que comprenden los sentimientos y las emociones de los demás, son sensibles a sus necesidades, inspiran confianza, son capaces de servirles y representarlos más allá de sus propios intereses y vanidades.

De otra parte, los gobernantes con liderazgo tienen la capacidad de reconocer la gravedad de las crisis cuando ocurren, y de actuar con celeridad, eficacia y eficiencia para enfrentarlas. Sobre todo, no se limitan a culpar a otros de los problemas que se les presentan o, como se dice coloquialmente, a utilizar el espejo retrovisor para excusar sus propias falencias.

El COVID-19, con sus secuelas sociales y económicas, seguramente agravará problemas críticos que venían de tiempo atrás, como la desigualdad y las profundas inequidades, y generará un retroceso en algunos avances que habían logrado gobiernos anteriores en temas como la disminución de la pobreza y el desempleo, particularmente entre los jóvenes y las mujeres. Esto, a su vez, posiblemente reviva las movilizaciones ciudadanas que fueron abruptamente detenidas por la pandemia.

Todas estas problemáticas, sumadas a las masacres y asesinatos que ya dejan decenas de muertos, no se van a solucionar con más uso de la fuerza, sino con un liderazgo que no niegue las realidades y las enfrente, que escuche a la ciudadanía, que entienda que su compromiso es con el país y no con un partido ni con quien lo llevó a la Presidencia, que no recurra a eufemismos para no reconocer sus errores, que no ponga en riesgo la democracia debilitando sus instituciones y los principios que las sustentan. En fin, con un liderazgo, hasta ahora muy esquivo, que logre conectarse con el país. Si Duque no lo hace, dejará profundas heridas en la sociedad que van a tardar muchos años en sanar.

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