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¿Nombre de la obra? La Movilidad inmovilizada

20 de agosto de 2008 - 09:06 p. m.

PRIMERA ESCENA: JUEVES, DOCE Y treinta del día. Un hombre que utiliza su moto como medio de subsistencia comete una infracción y su vehículo es llevado a los patios.

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Viernes cinco y treinta de la mañana: llega a hacer fila en el SuperCade de Movilidad —que ironía de nombre— y después de cinco horas un funcionario que revisa si la documentación está completa le informa que la contraseña de su cédula debe estar certificada. Como ésta fue expedida en Ibagué, tiene dos posibilidades: irse en flota a esa ciudad y obtener de la Registraduría el sello de certificación o hacer la diligencia en Bogotá, no sin antes poner una denuncia  por pérdida. O sea, decir una mentira para obtener un sello.

Como no tiene el dinero para el pasaje, opta por esta última. Después de varias horas de trámites y de haber gastado cerca de cincuenta mil pesos entre una vuelta y otra, obtiene una nueva y flamante contraseña, se dirige al SuperCade, pero no alcanza a ingresar. Sábado cinco de la mañana:  madruga aún más, con la esperanza de recuperar su moto y su fuente de sustento, pero se encuentra con una fila de friolentos ciudadanos que madrugaron más que él. Finalmente, ingresa a un recinto donde hay cerca de cincuenta puestos de trabajo con sus respectivos computadores; pero como es sábado, sólo una tercera parte de los funcionarios está atendiendo. Ve pasar lentamente los números de los turnos en modernas pantallas, y a las 11:45 aparece el suyo.

Casi una hora después sale ilusionado con sus papeles en orden, para dirigirse a los patios, que están bastante lejos. Toma un bus porque no tiene dinero para tomar un taxi, luego otro, y finalmente cuando llega se encuentra con un portero que le dice que ya es la una y que debe esperar hasta el martes porque el lunes es festivo.

Segunda escena: sábado diez de la mañana. Una familia de provincia viene a pasar el puente en Bogotá. Dejan el carro estacionado en una calle lateral y cuando salen del restaurante donde estaban desayunando, un vecino les dice que se lo llevó la grúa.  Alarmados, averiguan lo que hay que hacer, toman un taxi y se van a los patios a donde les han indicado que será ingresado el vehículo.  Pasa el tiempo, la grúa no llega, y finalmente, cerca de la una, hora de cierre, aparece el tan esperado vehículo.

Pero para sorpresa de la descorazonada familia, ya no se puede hacer el inventario y ni siquiera les permiten sacar los papeles que se encuentran en el carro y que necesitan para iniciar los trámites.  ¿Solución? Esperar hasta el martes, volver a los patios, rescatar los documentos, hacer el inventario, volver al SuperCade y esperar por lo menos cinco horas, regresar a los patios, rescatar el vehículo y pagar tres noches de parqueadero (si es que así puede llamarse este espacio atiborrado de automotores, bicicletas y motos), la grúa y el tiquete de entrada a los patios. Sí señores, ¡además del parqueo y la grúa, hay que pagar por ingresar! Y por supuesto, los pasajes de regreso de la familia a su lugar de origen.

Mientras todo esto sucedía, las malas lenguas decían que durante los puentes la congestión aumenta, porque los policías de tránsito tienen que compensar la disminución del trabajo por el festivo y los patios obtienen recursos por una noche adicional.

Nadie discute la obligación de los ciudadanos de pagar si infringen la ley, pero no hay derecho a que tengan que pagar por la indolencia e ineficiencia del Estado.

* Directora Programa Congreso Visible, Universidad de los Andes.

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