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Que no nos pise otro elefante

06 de agosto de 2008 - 09:51 p. m.

AUN A RIESGO DE CAER EN REPETIciones, es importante insistir en que los desafíos que deberá enfrentar el Congreso de la República en los próximos meses son muy grandes.

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En primer lugar, tiene la responsabilidad de estudiar proyectos de gran complejidad y trascendencia que pueden afectar los propios cimientos de nuestra democracia y los principios fundantes de la Constitución de 1991. Ni la reforma política ni la reforma a la justicia que va a presentar el Gobierno son simples propuestas de diseño institucional. Éstas van a poner a prueba  aspectos tan centrales como el equilibrio de poderes y la independencia entre las ramas del poder público.

El Congreso también debe aprobar medidas para que los partidos y movimientos políticos, sus directivos y sus miembros asuman responsabilidades políticas por la vinculación de sus miembros con grupos armados ilegales y para blindar al sistema de su injerencia indebida en los procesos electorales, en los cuerpos colegiados y en la administración pública.  Y para que se comprometan con el fortalecimiento y la democratización de las estructuras partidarias y del propio Congreso, y con los procesos de institucionalización iniciados con la reforma política de 2003 y con la Ley de Bancadas.

Como si esto no fuera suficiente, en los meses por venir los congresistas tienen la inmensa responsabilidad de elegir no solamente a seis magistrados de la Corte Constitucional, sino al Defensor del Pueblo y al Procurador General de la Nación. Es decir, a la mayoría de los miembros de la máxima instancia constitucional del Estado, al representante por excelencia de los órganos de control y a la persona encargada de velar por la protección y promoción de los derechos humanos, la intermediación entre el Estado y la sociedad y la limitación del poder de las autoridades políticas.

Todo esto debe hacerlo en medio de una de las más profundas crisis de legitimidad y credibilidad del Congreso y de los partidos políticos, lo que hace prever que el Legislativo va a estar sometido a fuertes presiones provenientes de diferentes sectores que van a intentar quebrar su independencia. No es difícil imaginar el interés del Gobierno en lograr la mayor afinidad posible de los funcionarios y magistrados a ser elegidos con su proyecto político e ideológico, y de esta manera garantizar su continuidad, aún más allá del actual período presidencial. O la solidaridad de cuerpo que van a demostrar muchos congresistas cuando las medidas aprobadas pongan en riesgo su propia supervivencia política o cuando deban declararse impedidos para votar determinados proyectos. O las actuaciones del Ejecutivo para impedir que sus mayorías se vean afectadas y se ponga en peligro su agenda legislativa.

Para evitar estos riesgos, los debates y los procesos electorales que van a tener lugar en el Congreso de la República en los próximos meses deben hacerse de manera pública y transparente, garantizando el respeto a los derechos de la oposición, de las minorías y de los ciudadanos a ser escuchados y a que sus opiniones sean tenidas en cuenta. Esta responsabilidad le compete en primera instancia al Legislativo, que por supuesto incluye tanto a los partidos de Gobierno como a los de oposición, pero también al Gobierno. Y le concierne a la ciudadanía, que debe estar vigilante sobre lo que ocurre en el Congreso para que mañana pueda exigirles rendición de cuentas a los elegidos. No sea que tengamos que encontrar una jaula para guardar otro elefante.

*Directora Congreso Visible

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