2014 será un intenso año electoral en Colombia, en el que los colombianos, además de elegir un nuevo Congreso, deberán decidir si reeligen o no al presidente Juan Manuel Santos.
Además, si el procurador ratifica la decisión de destituir al alcalde Gustavo Petro, los bogotanos tendrán la posibilidad de pronunciarse en las urnas sobre su permanencia en la Alcaldía de Bogotá.
Para muchos ciudadanos, estas contiendas electorales seguramente no significan nada distinto de lo que representaron las que se realizaron hace tres, cuatro, ocho o doce años, y probablemente de las que tendrán lugar en los próximos cuatrienios. En muchos aspectos tienen razón.
Por ejemplo, al repasar los nombres de los candidatos de los diferentes partidos y movimientos políticos que aspiran a ser elegidos al Senado o a la Cámara de Representantes, no hay grandes novedades. Son muchos los aspirantes, pero pocos los que representan una verdadera renovación de la política. En varias regiones los apellidos se repiten año tras año y revelan los lazos familiares que existen entre unos y otros candidatos y entre éstos y los más diversos “ex”: exalcaldes, exgobernadores, excongresistas, exconcejales. Algunos de ellos en uso de buen retiro, otros que están siendo investigados o fueron condenados por diversos delitos, y otros más gozando de los privilegios que confieren las influencias políticas, como por ejemplo tener la casa por cárcel o estar en un centro de reclusión que por pura coincidencia está en su feudo electoral. Es cierto que no existen los delitos de sangre. Sin embargo, pareciera que muchas familias políticas son autoinmunes y que nada ni nadie afecta su caudal electoral. Tampoco parece haber cambios en las prácticas utilizadas para asegurar a los electores: compra de votos y trasteo de votantes, para mencionar sólo dos de las más comunes. Así es hoy y así ha sido durante muchos años.
A pesar de esto, también hay candidatos y candidatas que, de ser elegidos, muy probablemente van a hacer una excelente labor. Varios de los que buscan ser reelegidos ya demostraron sus cualidades en los últimos años desde sus cargos. Otros más, quienes aspiran por primera vez, seguramente van a enriquecer el debate y a dignificar el ejercicio de la política y de lo público, además de promover reformas sustanciales y necesarias para el país.
Lo que está en juego en las elecciones de 2014 es mucho más que unos nombres. Por un lado se redefinirá el mapa político y partidista del país, entre otras razones porque entra en vigencia el umbral del 3%. Pero, ante todo, porque lo que decidan los colombianos va a ser fundamental para el futuro del proceso de paz y, por ende, del rumbo del país en las próximas décadas. No es exagerado afirmar que está en juego el proyecto y la visión de país. Tanto el nuevo Congreso como quien sea elegido presidente tendrán la responsabilidad de liderar estos procesos.
La movilización más efectiva para lograr los cambios será la que lideremos los ciudadanos, exigiendo plenas garantías para ejercer el derecho de votar sin presiones y de manera informada. El balón está en nuestra cancha.
* Directora ejecutiva Transparencia por Colombia.