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El alcalde que ofreció su cuerpo para alimentar moribundos

04 de junio de 2016 - 10:12 p. m.

La mañana parecía anunciar que tendríamos un verano bueno.

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Animado por una brisa amable comencé mi jornada en bici al centro de Leiden donde está el mercado que todas las semanas instalan cerca al canal. Con mi lista de compras que nunca se cumple pasé frente a la alcaldía, una construcción del siglo XVI que sufrió un incendio devastador a principios del XX, sin embargo el edificio hoy en día gracias a su restauración conserva una imagen espectacular de otras épocas –ver You Tube de una toma que hice de noche-, lo que disparó mi mente a 1574 en el que ocurrió un suceso heroico de uno de sus alcaldes.

El señor Van der Werff era alcalde de esta legendaria ciudad en 1574. Mimetizado con las necesidades de sus ciudadanos tuvo que sufrir y organizar su defensa para evitar que cayera en manos del ejército español enviado por el Duque de Alba. Pero antes de saltar al tema del título de esta nota, vale la pena describir un poco ciertos sucesos de la época.

Como en el comienzo de mucha historia, la plata y la religión van de la mano. Veamos:

En el palacio del Escorial todo pareció detenerse. Los ruidos, el viento, los pasos de los guardas y el tiempo.

El rey Felipe II, hijo de Carlos I de España y V de Alemania, reinaba en un imperio que su padre le había dejado al abdicar por razones de salud. Siguiendo los pasos de su progenitor, la propagación de la religión era un fin sagrado o, visto de otra manera, un caballo troyano entrenado para dominar y subyugar a aquellos que con obra o palabra contradecían los dictados “espirituales” del hoyo negro de donde emanaban, es decir la corte y el Vaticano. Obviamente con la ayuda incondicional de los expertos en hogueras -léase Inquisición-.

-El Duque acaba de llegar, vuestra majestad.

-Háganlo pasar.

La figura angular y los modales del Duque de Alba denotaban su seguridad y poder, pero era consciente de la necesidad de aparentar humildad de vasallo frente al Monarca para evitar la furia de un ego sin fronteras. Felipe II había heredado las provincias que componían los Países Bajos. Algunas de ellas practicaban los dictados de la Reforma -propuesta por Lutero- bajo su líder Calvino, levantando ampollas ante el poder central. Era hora de ponerlos en su sitio.

-Como sabéis -dijo el Rey después de invitarlo a sentarse. Uno de los sirvientes le acercó una amplia silla que colocó frente al trono- los herejes del Norte necesitan una gran lección. Mi decisión es que marchéis de inmediato a controlarlos. No hemos logrado detener las inoportunas acciones de estos campesinos pordioseros en contra de la religión verdadera y, además, al no querer pagar impuestos mas altos que necesitamos para sufragar la defensa de nuestros territorios, merecen un castigo ejemplar.

-Sus deseos serán cumplidos en nombre de Dios nuestro señor y vuestra majestad -y sin más, después de unas palabras de alabanza a Felipe II, partió hacia sus dominios para organizar lo que seria “una lección de subyugación” con un ejercito muy superior al de los holandeses.

La historia cuenta que los ejércitos del Duque comenzaron a devastar ciudades sin respetar sexo, edades o familias. Parecía que les hubieran dado la orden de destrozar todo lo que veían a su paso. En su recorrido llegaron a la ciudad de Leiden, la de nuestro alcalde Van der Werff, y encontraron una defensa dispuesta a aguantar el sitio hasta que llegaran refuerzos.

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Pero vayamos al momento crucial. Era un día lluvioso, la resistencia iba de mal en peor. Los notables y el alcalde recibieron información de que la ayuda de su líder -Guillermo de Orange, llamado el Silencioso- llegaría, pero era evidente que no a tiempo para detener al invasor si no se convencía a los defensores que debían aguantar todavía un poco más.

La esperanza de que sus ciudadanos resistieran iba disminuyendo día a día. El esqueleto con su guadaña habían comenzando a recolectar los frutos de la cosecha: la hambruna y la peste empezaban a producir muertos y miedo, aceptar la derrota y rendirse parecían la única opción.

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Van der Werff reunió en la plaza central a todos los ciudadanos comprometidos con la defensa, además de familias, mujeres y niños –ver pintura en You Tube – y a pleno pulmón ofreció su cuerpo para salvar a algún moribundo como resultado de la hambruna. Un pueblo sin aliento para defenderse vio en este acto un motivo para hacer un último esfuerzo antes de sucumbir.

Por otra parte los notables de la ciudad estaban reunidos en el pequeño comedor de una vieja mansión en Breestraat situada en el centro. Con caras abrumadas por la desolación y la indefensión ante un ejército implacable no hablaron mucho. Mas bien las miradas entre ellos comunicaban la decisión. Se perderían cosechas, se moriría el ganado, muchas familias quedarían sin ningún techo o amparo, pero sin dar un paso atrás acordaron romper los diques e inundar el territorio donde las huestes españolas esperaban como cancerberos la caída inminente de este bastión de libertad.

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Leiden no cedió. El agua comenzó a anegarlo todo y las perdidas de los españoles los obligaron a retirarse dejando lo que tenían, entre lo que se encontraba una olla con papas y carne que hoy en día se encuentra en un museo. Este episodio de la historia se recuerda cada año el tres de octubre. La ciudad se viste de fiesta y la cerveza abunda. Se están celebrando mas de 400 años de una historia. La vieja Europa nunca olvida.

Ver You Tube. 

Que tenga un domingo amable. 

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