Eran las siete de la mañana del 5 de diciembre de 1945. El pequeño veía al héroe en su padre cuando éste salía de su casa vestido con su uniforme y galones que indicaban que era jefe de escuadrilla de la Fuerza Aérea. Esto creaba en el pequeño John, que llevaba el mismo nombre de su padre, un deseo de imitarlo. “Algún día seré también comandante”. Sin embargo, ese día no quiso salir. Se escondió en su cuarto y no se despidió del flamante jefe de escuadrón. El otro miembro de la familia era un perro labrador joven que estaba pasando por la edad de destruir lo que fuera, su nombre era Skippy y curiosamente tampoco fue a despedirlo. Había una energía que el matrimonio no percibía. Para su mujer, Mimí, era parte de la rutina de un piloto que vive en una base aérea con su familia.
Estaba citado para recibir instrucciones de uno de los pilotos más experimentados, el comandante McGregor, quien tenía fama de ser un aviador de primera categoría.
—Hoy —dirigió su mirada a John— se pondrá a prueba el conocimiento que ustedes tienen del área. Volarán sin instrumentos y solo podrán utilizar su visión. Saldrán de esta base de Fort Lauderdale hacia el este, luego deberán virar hacia las Bahamas para regresar aquí.
Les daremos códigos para comunicación. Tú, John, como jefe del escuadrón, llevarás el nombre de Alfa y el resto de los hombres bajo tu mando, Romeo. Los códigos solo pueden ser utilizados si hay algún problema y para comunicarse con la base. ¿Alguna pregunta?”.
—Señor —dijo John—, hemos sabido que hay rumores sobre situaciones poco usuales y, por alguna razón, llaman el Triángulo del Diablo al área donde vamos a volar.
—He oído sobre el tema, pero no tengo noticias directas de que alguno de nuestros pilotos haya sufrido un percance. Además, hoy el sistema meteorológico indica que no habrá nubes. Tendrán cielo totalmente despejado. Buena suerte y buen trabajo. La Fuerza Aérea busca hacer de ustedes los mejores pilotos.
—Alfa a Romeo, enciendan motores y prepárense para despegar a las 14:10 horas —ordenó John.
Los cinco aviones que conformaban el escuadrón 19 fueron rodando en la pista para despegar.
—Cielo totalmente despejado. Buena visibilidad —reportó el comandante.
Después de cumplir sin problemas la primera parte del ejercicio, se perdió temporalmente la comunicación entre las naves y la base. El tiempo empeoró. Los instrumentos dejaron de funcionar.
—Alfa a base, Alfa a base, no podemos identificar nuestra posición… Nos estamos quedando sin combustible… No sabemos hacia dónde dirigirnos… Necesitamos ayuda… Instrumentos bloqueados… Algo está pasando… Altitud de amarizaje… Urgente… Espero instrucciones…
A las 18:20 todo quedó en silencio.
La Marina y la Fuerza Aérea desplegaron toda su capacidad en aviones y buques de guerra para la búsqueda, incluyendo un portaviones, pero nunca encontraron nada.
Otras 14 nuevas víctimas cobradas por el siniestro triángulo a lo largo de los años. Ya otras embarcaciones y aviones que atravesaron el área habían desaparecido sin dejar rastro, de ahí la dificultad de saber a ciencia cierta qué había ocurrido.
¿Será que en el fondo del mar yacen estos seres humanos que fueron llorados por otros seres humanos? Pareciera que el diablo no perdona.
Nota: Se sabe que, de las historias de desapariciones en el área, muchas no se han podido aclarar. Es lo único podemos decir.
En un viaje reciente estuvimos en Fort Lauderdale, un lugar apacible y turístico, aunque a muy pocos kilómetros se encuentra al acecho el diablo del triángulo. Sobra decir que en este relato que les hago hay una dosis importante de ficción, aunque lo que pasó no ha sido borrado por el tiempo. Incluso en el Museo de Historia de Fort Lauderdale hacen mención a esta inexplicable desaparición.
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Que tengan un domingo amable.
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