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La incertidumbre

24 de marzo de 2018 - 09:00 p. m.

Perlita nació precisamente el seis de enero de 1993.  Hija de un padre que trabajó para buscar la jubilación como jefe del archivo de un banco muy importante.  Desde que la recién nacida abrió los ojos, este hombre tuvo una idea clara: vencer la incertidumbre.  Los preceptos religiosos dictaron su conciencia y le permitieron no cuestionar ningún tema espiritual o moral, todo estaba respondido.  No había esquina mental o espacio en su conciencia que no estuviera abarrotado de preceptos religiosos. La autopista de la seguridad. Y así, sin preguntarse nada, Perlita su pequeña pasó por la pila bautismal.  Lo único que la salvaría en este inicio era limpiarse el alma que venía con mancha desde el momento que aterrizó en este planeta.  

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El padre de la pequeña ya vivía en un mundo habitado por la racionalidad mentirosa o sea donde todo es posible.   La mente envenenada ya tenía la solución: los habitantes, por arte de magia, estaban creados como el reflejo de lo que se aseguraba que era positivo o negativo. 

Todos nuestros pensamientos, que automáticamente forman una ecuación, buscan un resultado que permita ir creando no la realidad sino “nuestra” realidad. De ahí que esta forma de pensar se ha prestado para juzgar lo que nos rodea. Vecinos, familia, amigos, todos sin excepción son parte de un juego que los cataloga en buenos o malos.

Desde nuestro nacimiento vivimos en una sociedad en la que, según dicen, nada es infinito. Se nos enseña que lo que comienza, termina.  Por eso nos repiten: “disfruta que la vida es corta”.  Es una tragedia griega que muestra cómo el ser humano al final debe, sin falta, cumplir con esa cita del destino.

El contenido de ese pensamiento cubre de melancolía nuestros momentos más débiles. En esta etapa el hombre se resbala en sus enredos mentales sin darse cuenta de sus límites. Lo que comienza, como por ejemplo el amor y el bienestar, según dicen se acaba.

Nacemos con un pesimismo debajo del brazo, que solo se soluciona si el viejito de barba blanca instalado en el paraíso da el visto bueno para que entremos a engrosar la multitud de quienes se supone merecen tan alto honor.

Pero sigamos. Perlita fue la hija ejemplar, buena estudiante, discreta, cuidadosa en sus palabras. Tenía, según el padre, un mundo religioso que le daba el halo de prepararse para entrar en algún convento y ser la primera de la familia que encontraría su camino en la vida monástica. En otras palabras, un futuro seguro, una cotidianidad sin incertidumbres.

La sorpresa se fue desenvolviendo lenta pero tranquilamente. Perlita les anuncio que les quería presentar a su pareja. Quedaron de verse en un restaurante cercano a la casa hacia las 5 y media.  Padre y madre se arreglaron para dar la bienvenida a quien produciría los nietos.   

El progenitor ya estaba cantando victoria y felicitándose para sus adentros de los resultados de la educación de su hija, convencido de que la incertidumbre no existía, que lo inesperado no tendría lugar si religión y trabajo iban de la mano. Que el resto era para los tontos.

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A la hora indicada llegó Perlita con otra mujer. Bonita, más alta que la media, con una cara inteligente, pelo corto, de anteojos y muy segura de sí misma.

La hija se adelantó para saludar a sus padres y luego miró a su acompañante: “Les presentó a mi novia, Constanza Salinas.  Hemos decidido casarnos al final del año.”

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El aire se hizo pesado. El hombre que había creído estar seguro de derrotar lo imposible, comenzó a tener dolores en el pecho. Su voz era apagada ahora, buscando aceptar sin más remedio la relación y amor de una pareja del mismo sexo.

YouTube: Encontré estas flores en un jardín espectacular era una mañana fresca que invitaba a buscar la esencia de la naturaleza.

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