La gente de la pequeña ciudad de Agua Vieja (Oudewater en holandés) se arremolinó en la plaza frente al recinto donde estaba la balanza para pesar a la gente que por una u otra causa había sido acusada de ser bruja.
Era un día otoñal cuando caminaba con mi novia por el centro de esta ciudad, del que se tiene conocimiento desde 1239, es decir, hace unos 780 años.
En el centro parece que el tiempo no transcurre. Algunas de sus casas, con una arquitectura muy del norte, dan la impresión de que se van a caer, pero se trata de una ilusión óptica (ver YouTube).
Este lugar encierra una historia muy peculiar. En el año de 1572 la ciudad, con 11 ciudades más del territorio neerlandés, cometió “el pecado” de querer ser independiente de la corona española. La reacción por parte de España fue clara: “Sois una partida de infieles que va contra nuestro rey, nuestro señor. Por eso pagaréis con vuestra vida”. Y así comenzó la aniquilación, tres años después, de los habitantes de Agua Vieja, donde los soldados españoles sacrificaron a más de la mitad de la ciudad.
Sin embargo, Agua Vieja fue vital para terminar con las sentencias injustas de muerte por brujería en Europa. Se calcula que entre el siglo XVI y el siglo XVIII se acusaron a más de 100.000 personas de practicarla, de las cuales 50.000 fueron ejecutadas. Paradójicamente Agua Vieja se convirtió en el “sitio” donde se emitían certificados justos que se podían esgrimir en los juicios para condenar a alguna persona de brujería. El reconocimiento a su precisión fue tal que de otros lugares de Europa viajaban aquí para conseguir el certificado. La fama llegó hasta la corte del emperador Carlos V, quien emitió un certificado sobre la confiabilidad de sus mediciones.
Puesto de otra manera, quien poseyera un certificado de Agua Vieja estaría a salvo de acusaciones de brujería. Para ello el solicitante debía pasar una prueba en la balanza que tenían para tal efecto. En términos simples, si la persona que estaba sobre la báscula tenía un peso menor al que correspondía a su altura y complexión, podía ser declarada bruja. El razonamiento detrás de esto era que las brujas tenían que ser muy delgadas para poder volar sobre el palo de una escoba, lo que sería imposible para una persona gordita.
Este pequeño sitio encierra amplia historia de todo tipo. Por ejemplo, aquí vivió un teólogo de nombre Jacobus Armenius (1560-1609), quien estudió en la más importante universidad de Holanda, en la ciudad de Leiden, y quien se enzarzó en una pelea intelectual con un colega que finalmente desembocó en la discusión de la separación entre Iglesia y Estado, tema que no acaba de solucionarse en ningún sitio y hasta la fecha solo ha polarizado aún más a Occidente y al islam.
Pero volvamos a mi paseo en Agua Vieja. El día de otoño ya dejaba ver las sombras, era hora de volver a casa.
Observé a mi novia con cierta intensidad, como diciéndole: “vamos a ver qué es eso de la miradita que tienes por las noches que me preocupa”.
“Sé que es algo infantil de mi parte –le dije–, pero me gustaría que fuéramos al museo donde está la balanza que es original de 1470 y que la persona encargada nos dé un certificado de si eres bruja o no”.
La respuesta no se hizo esperar, las mexicanas son así:
“Ya que se siente tan macho para mandarme a mí a que saque el certificado, lo haré siempre y cuando usted también se saque uno”.
“No hay problema”, respondí con una tranquilidad pasmosa y procedimos a sacar nuestros certificados, especificando que debían ser en solitario.
Hizo los arreglos para que ella fuera la primera. Una vez terminado el pesaje, recibió su certificado en forma confidencial. Después me tocó a mí.
“Salvo que el certificado diga lo contrario, la idea es que estoy durmiendo con una bruja”, le dije.
Salimos del sitio cada cual con su certificado, pero no dijimos nada. Le pedí que me mostrara el papel.
“A las mexicanas puede que nos crean bobas ustedes los colombianos, pero pendejas, eso sí que no”.
Nunca supe qué decía su certificado. Hice cábalas y llegué a la conclusión de que a ella la declaraban bruja y que era mejor dejar el temita. Yo nunca iba a pasar por brujo, los kilos extra no me dejan. Es cierto que, como dije antes, era algo infantil lo que quería, pero la realidad es que les tengo gran respeto a las brujas.
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Que tenga un domingo amable.