La vida de diplomático de un país suramericano en Alemania te empieza a aburrir.
Demasiados cocteles y poco interés en el resto. Conocí en una de estas recepciones a la esposa del agregado de policía de otra embajada de un país cercano al mío. Alta, bonita, de tez blanca, y ojos negros, algo así como la canción de los ojos españoles. Nos entendimos. Cada vez que nos encontrábamos buscábamos un rinconcito amable para hablar y compartir necesidades, lo que terminó como dirían en buen romance, en una relación extramatrimonial. Lo que más me aterraba, no era el acto en sí, sino que en las escasas escapadas en que habíamos logrado birlar al marido, lo sentía como un fantasma. Un ser enorme, con cara de dictador latino americano de la vieja guardia.
Preparamos nuestra nueva aventura en Madrid. Yo aprovechando que venía mi suegra y así anclaba a mi mujer, quien no solo me controlaba sino que me perseguía. Era el momento de tomar una decisión. Con una cara serísima le comenté que la feria de frutas en Madrid era importantísima para nuestro país, y el embajador me había encomendado la misión de promover contactos con productores y descubrir nuevas técnicas. En realidad sí le comenté al embajador sobre la exhibición, mientras se tomaba un whisky en la oficina. Su respuesta fue, “ Ud. se puede ir para donde se le dé la gana, mientras sea con su plata.”
-Ahora vas a averiguar sobre mangos y guayabas -que interesante me dijo con ironía mi mujer.- Muy bien te vas este viernes, pero estamos en permanente contacto, no sea que te vaya a pasar cualquier cosa. Asentí como el colegial a quien le han dado permiso para llegar tarde a casa ese día.
Arreglé la reserva en el Ritz de Madrid. Me vi amando a la esposa de mi policía o lo que sea, en forma incontrolable, sin freno ni medida. Hablé con ella sobre la idea e inmediatamente buscó la disculpa: amiga que va a tomar los votos para entrar de monja la invitaba a la celebración en Madrid. La amiga que de monja ni la mirada tenia, cooperó sin preguntar más allá de lo necesario. Nuestra futura amada, mostró con gran seguridad el mensaje de invitación al policía diplomático. Poco convencido del cuento, pero como sería una noche, gruño un sí, además se tranquilizó después de oír que se quedaría en el convento de la futura monja llena de votos, donde cerraban las puertas a las 5 de la tarde.
Los encuentros habían sido escasos. Teníamos la ceremonia de vernos en el aeropuerto de Frankfurt y tomarnos una botella de champaña antes de continuar nuestro periplo. La consigna era : Nunca llamarla, pues mi jefe de policía le miraba el teléfono, le contestaba las llamadas y siempre estaba atento a escuchar con quien hablaba.
Llegué al aeropuerto, pasé las revisiones de equipaje y ya en el aérea internacional me fui al restaurantico de siempre. Pedí la botella de champaña, y dos copas. Para adelantarme
un poquito comencé a servirme una copa y luego otra y otra más. La ansiedad me estaba embargando, no aparecía. Teníamos el acuerdo que si alguno de los dos no llegaba a la cita en el aeropuerto de todas maneras seguiría al destino.
En el avión para Madrid éramos una mezcla rara, una orquesta de reggae, muchos chinos, algunas otras personas y yo. En algún momento dude si no se trababa de una equivocación enorme, y nos encontrábamos en dirección a Pekín.
La ansiedad me la estaba pudiendo, no quería aceptar que ese encuentro de lujuria y el resto no se daría. De pronto las cosas comenzaron a derrumbarse. En el avión que ya estaba listo para despegar se encontraron 25 maletas sin dueño.
La hecatombe. Nos hicieron bajar para que cada uno reconociera la suya. Un error por una maleta era aceptable, pero 25 era para concluir que la situación estaba manejada por un personal sin noción de lo que estaba haciendo. Finalmente después de dos horas despegamos . La cuestión iba paso a paso. Dos pasajeros me tocaron a mi derecha, un joven y su madre. El dedicado a los juegos de computador se tomaba una leche de chocolate, y cuando menos pensé, la madre comenzó a regañarlo muy duro en idioma desconocido. Me erigí como defensor y vi que la leche de chocolate se había regado en la pequeña mesita. Yo condescendiente y amable le entregué mí servilleta con mirada de cierto reproche a la madre. Su furia no radicaba en que el líquido se hubiera esparcido en la mesita auxiliar sino en que había caído en mi pantalón en el lado derecho, el del bolsillo donde llevaba la billetera, que ahora estaba empapada en chocolate. Por instinto pensé unirme a la madre y comenzar a gritarle también.
Entré al Ritz con el brazo derecho como si se me hubiera paralizado para tapar el manchón de color oscuro. El tiempo transcurría en forma inexorable. Para matar las horas de desespero le pedí a un empleado de la recepción que me hiciera una reservación en un espectáculo de flamenco. Las esperanzas se perdían, pero guardaba ese último deseo de que mi doncella tomaría algún vuelo tarde y cuando yo llegara al hotel estaría esperándome lista para todo.
El espectáculo lo vi como alguien que está y no está en el sitio. Constantemente miraba el teléfono. Le había pedido al hotel que cuando llegara “mi esposa” me llamaran.
Como en toda función que termina, algunas bailarinas se quedan tomando una copa soltando el cuerpo, el estrés. Una de ellas cerca de mi mesa me miró con cara de ganas de hablar. Yo ya había perdido la esperanza de encontrarme con mi dulcinea. Espontáneamente le pregunté si la podía invitar a una: Hombre claro estoy rendida, me llaman la Morena ¿y tu?
-Alberto – iba a decir el despechado, pero abstuve.
Más vino espumoso y más – dos botellas-, y La Morena estaba ya en otro mundo y el despechado o sea yo, también. Con esos resultados producto de frases infantiles, le dije que la veía muy cansada, y si quería podíamos irnos a la habitación que tenía en el Ritz. Ni corta ni perezosa aceptó antes de que terminara la frase con una expresión simple :
– Oye ese hotelazo.
Le miré la vestimenta y le dije de la manera más suave:
– Aunque tienes un vestido muy bonito donde despliegas tus mejores virtudes – se le veía hasta el ombligo vía el escote- preferiría algo más tradicional, de lo contrario se darán cuenta que no eres mi mujer.
Se fue al camerino y volvió envuelta en algo como un sari, se parecía a una mujer de la india vestida en forma elegante que incluía una pañoleta del mismo material del vestido con la diferencia, si me perdonan casi, casi parecía una momia que camina.
Finalmente llegamos a la habitación, decorada conservando un estilo tradicional, con la ventana hacia la rotonda de Neptuno. El baño con su inmensa ducha, todo puesto en su lugar. Ya La Morena con un delicioso resbaladito de las palabras, me había dicho que yo era una excepción pues ella no se acostaba a la primera con el primero. Hice cara de que claro, lo entendía perfectamente. Para deshelar el tema de la acostada a la primera con el primero, le dije casualmente que me daría una ducha mientras se ponía cómoda y colgaba la ropa de momia. Además si se quería tomar otra copa para relajarse el minibar estaba bien surtido.
La ducha me dio tiempo para pensar que practicaría en forma muy seria el Kama sutra con venganza por todo este lío que me había metido la esposa del policía. Me sequé y desnudo caminé hacia la inmensa cama listo para gozar la parte animal que me perseguía. La escena que vi, me dio esa sensación de no saber si ponerme a llorar o reír. La Morena echada en la cama, desnuda, roncando, no como un hombre, pero sí como un gato. Me acerqué le di cachetaditas suaves, acerqué el oído para constatar que no se había muerto, le levanté el brazo y lo dejé caer, la pierna lo mismo , nada, ni una reacción. Le cogí la barbilla y le sacudí la cara, nada. Por la única razón que no llamé al médico fue que respiraba. A estas horas, despierto como una luciérnaga, con una mujer hermosa e inanimada a mi lado , hice lo que hacen los estoicos. Me serví un vino blanco, acerqué una silla a la ventana y me puse a observar el amanecer. Eran 6 de la mañana, literalmente no sabía cómo me llamaba. Entre el trago, las ansiedades de las últimas horas, las esperanzas perdidas y la rabia con la esposa de mi jefe de policía, quien no había tenido ni la mínima decencia de avisarme de su incumplimiento, me fui a la amplia cama, con el cuerpo inerme de la mujer con quien iba a practicar el Kama sutra con venganza, y cerré los ojos.
Enrique Aparicio Smith
Noviembre – 2014