A las 7:10 de la mañana, es decir con apenas una hora de sueño, sentí que alguien removía mi cuerpo.
Mi despertar fue de susto. Tuve que reconstruir en segundos el panorama. No estaba en techo conocido, es verdad. Cuando se abren los ojos y el techo no es conocido, es el primer susto del día. Luego el resto se fue armando. La Morena me estaba dando besitos cortos que comenzaron en los dedos del pie.
-¿Qué haces? Oye, espera.
-Tratamiento para despertar, nunca falla -me dijo con voz ronqueta.
Fueron besos pequeñitos, suaves, donde sentía su lengua y un chupar sensual, lleno de sexo. Todo el «tratamiento» duró algo así como media hora. Me besó por todas partes y yo me dejé, pues la cosa no iba nada mal. Logró despertar el animal en mí y así el Kama Sutra fue un cuento de hadas comparado con la animalidad incontrolable que sentí.
Llegado el momento final se puso el vestido y la decoración de momia. Nos dijimos adiós, pero antes le dije en tono muy bogotano:
-Fue una delicia estar contigo.
-Oye ¿cómo que una delicia? Esto fue un encuentro inolvidable entre hembra y macho –rebatió la gitana bailarina.
-Sí, tienes razón. Así mismo pienso yo -.Me había quedado corto en mis palabras.
Fue cerrando la puerta y me soltó una sonrisa demasiado ladina que no entendí. Me dirigí al baño y cuando inicié el proceso de la afeitada, horror. Explotó todo. Tenía manchitas, lo que los gringos llaman “hicky”, besitos que causan morados, en la cara, cuello, pecho, pelvis, piernas y lo que pude ver. Toda mi espalda y nalgas llenas de manchitas y además señales de uñas. Las tenía muy largas y cuando le insinué que por qué no se las cortaba, pues a mi manera de ver eran un objeto corto punzante, me dio una explicación clara.
-Cuando discuto con mi novio es lo único que respeta.
Me sentí derrotado. Llegar a la casa con piel de leopardo era crear pelea de explicaciones y furias de mi mujer. Todo, todo había salido mal. ¿Ahora qué? ¿Cómo ocultarle a mi esposa el trabajo de La Morena que estaba en TODO mi cuerpo? Opté por un argumento indestructible: el mango africano cuando lo probé como catador profesional, me había producido una alergia imprevista y de ese argumento no me iba a mover así me matarán. Lo otro, como tenía “hickys” por todas las partes más increíbles de mi cuerpo, que ninguna alergia hubiera logrado afectar, decidí sacar la disculpa idiota que me ducharía durante un mes –los rastros de besitos peligrosos ya habrían desaparecido- con camiseta, pantalón corto y medias, pues era una receta de un gurú indio para alargar la vida y tampoco me iba a mover de ese argumento.
La Morena me había preguntado en forma casual a qué hora nos sacaban del hotel, porque en los que ella había estado la despedían a las 7 en punto de la mañana. En tono doctoral le expliqué que aquí no sacaban a los huéspedes sino que les indicaban la hora de salida, es decir las 12 del día o, si fuera el caso, la 1 de la tarde.
La mañana estaba preciosa, decidí pasar por el museo del Prado para averiguar qué exposiciones temporales había. Un poco de ambiente intelectual no me iría mal.
Satisfecho con mi ejercicio cultural regresé al hotel. Todavía quedaban unas horitas y como buen burgués me dirigí al gran salón del Ritz para leer las últimas noticias en el diario El País. Para mi sorpresa, mi momia estaba sentada juiciosamente tomándose una copa de vino. Con un movimiento inconsciente, como hacemos muchos, me cogí la frente. Hice lo que se acostumbra, respiré profundo tres veces y me le acerqué.
-Bueno ¿cómo vas? – fue lo único que se me ocurrió decirle.
-La verdad, muy bien, muy a gusto. El vino espectacular. Sí todo bien, pero se me ocurrió aprovechar lo que nos mandan del cielo. No está nada mal.
Míralo en forma simple. Una chavala como yo, con muchas ganas de vivir, no podía desperdiciar la oportunidad de estar en este hotelazo, donde no te sacan a las 7 de la mañana, digo, perdón, no insinúan que te largues a horas muy tempranas. No me lo he pensado dos veces y decidí quedarme.
Bueno y ¿por qué no aprovechamos las horitas antes de que nos saquen, perdona, indiquen que debemos salir? No está de más. El tratamiento que te voy a dar es diferente, ojo, en este llorarás por no haberme conocido antes.
La miré fijamente. Pensé que era una total locura, pero las únicas palabras que me salieron fueron:
-Con la condición de que no mas besitos con ventosa, carajo.
Un sí con la cabeza y la seguí como un perrito faldero a gastar las últimas horas de habitación.
Tomé el avión de vuelta. En el aeropuerto de Frankfurt prendí el celular mientras recogía la maleta. La red T-mobile indicó que ya estaba conectado. Había un mensaje de mi frugal proyecto de escapada. Mi musa del adulterio desmedido.
“Mi adoración ya voy en vía al aeropuerto como hemos acordado. Si no estás prosigo a Madrid. No sabes las ganas que tengo de estar contigo. Besos de ansiedad.”
Me salió una risa de novela negra y pensé: alguien anotó mal la fecha de la cita. Quizás encuentre a su “El Moreno” y vea lo que le pasa a la gente por no leer bien los correos. Además, como me había prohibido contactarla, dejé que el mundo siguiera girando y yo, como leopardo escapado de zoológico, me dirigí con la frente en alto a mi casa.
Enrique Aparicio Smith
Holanda, Noviembre de 2014