Uno de los enigmas que crea una distancia entre Japón y Occidente son las costumbres de su gente. Sus religiones ancestrales, todavía vivas, son un factor importante para crear estos universos tan disímiles. En Occidente la masa de gente no tiene claro para dónde va, mientras que en Japón busca un orden para beneficio de la sociedad y de ahí surge una cultura basada en el respeto.
Para ilustrar lo que digo les comparto lo que vi mientras iba sentado en el llamado tren bala. A un turista se le cayó un poco de helado al piso y, aparentemente, no tenía con qué limpiarlo. Una persona que estaba en un asiento cercano lo miró con cara muy, muy severa. Algo así como un regaño en japonés. Se levantó y consiguió un pedazo de papel para limpiar y así evitar que otro lo fuera a pisar y se resbalara. Un acto simple, pero muestra la educación de este pueblo y su comunidad.
Un hecho que me causó una sorpresa, de esas que uno dice “esto no lo había visto nunca”, fue lo que me pasó en Kioto. Era verano, estaba ingresando a una estación subterránea de metro y, por alguna razón, dejé el paraguas que traía recargado en una pared a la entrada del servicio de transporte. Dos días, repito, dos días más tarde volví a pasar por el sitio, convencido que no hallaría nada. Como si hubiera sido un milagro, allí estaba el bendito paraguas. A una mente medio caótica como la mía le cuesta trabajo asimilar este tipo de sucesos porque vive con la esquizofrenia del miedo, de que lo van a asaltar en el centro de una ciudad, o que, por robarle un reloj que no cuesta nada, puede ganarse una cuchillada.
El evento que acabo de citar demuestra que hay vida normal en otras partes del planeta donde el transeúnte pierde el temor a caminar por la calle de noche, está convencido de que los taxímetros son artefactos para cobrar un servicio y no para robar, y así sucesivamente una serie de eventos que facilitan la vida en común.
En Japón la religión ha sido parte de su vida y cotidianidad. Las dos principales, las que más fieles tienen, son el sintoísmo y el budismo. Por otro lado, su conciencia económica se remonta a los artesanos que cientos de años atrás le dieron al Imperio del Sol Naciente una estructura con métodos y sistemas transmitidos de generación en generación.
Mi admiración por este país me deja claro que no han sido los grandes proyectos que fundaron el Japón –tercera economía mundial– sino sus habitantes, gente dispuesta a perfeccionar su trabajo, buscando ante todo crear un orden y perfección dentro de las labores manuales en una comunidad que, por sus creencias ancestrales, exige un comportamiento riguroso con el trasfondo de lo espiritual, léase el cumplimento de los ritos sintoístas y budistas.
El YouTube muestra imágenes de carrozas centenarias que participan en un desfile en Takayama, una pequeña ciudad japonesa poco frecuentada por los turistas.
Que tenga un domingo amable.