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El cura Julio

17 de enero de 2009 - 10:00 p. m.

CON TRISTEZA REGISTRAMOS LA muerte del padre Julio Enrique Sánchez González, el famoso cura Julio, quien durante más de tres décadas fue uno de los mejores educadores del país.

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Fue un hombre estupendo. Generoso, amplio de corazón, buen amigo. Confidente y a veces compinche de sus pupilos, siempre estuvo allí para quienes lo necesitamos alguna vez en la vida. Durante 34 años, su oficina de rector del colegio Emilio Valenzuela fue un lugar al que sus alumnos podíamos ingresar para compartir con él nuestras angustias y alegrías.

 El cura, como amorosamente le decíamos, sembró en sus estudiantes la virtud de la generosidad. Siendo párroco de Santa Bibiana, le correspondía evangelizar en un barrio marginal llamado San Isidro. Allí, los niños andaban sin zapatos, vivían en tugurios de cartón y pasaban hambre. Entristecido por la miseria de sus habitantes, decidió hacer algo para cambiar su suerte e inculcó los jueves de la leche. Ese día de la semana, todos los alumnos debíamos llevar una bolsita de leche en polvo. Asimismo, y a través de la corporación emilista, en ese barrio se han construido 86 casas prefabricadas.

Nació en el municipio cundinamarqués de Madrid. Allí vivió hasta los 14 años, edad en la que ingresó al seminario diocesano. Desde que se ordenó como sacerdote estuvo vinculado a la educación. Fue capellán del Gimnasio Moderno, del Colegio Alfonso Jaramillo y en 1966, junto a un nutrido grupo de sacerdotes, fundó el Emilio Valenzuela. Un año después fue designado rector y en esas estuvo hasta el 2001, cuando decidió dar un paso al costado.

 Recuerdo que en 1988 resolvió cambiar su viejo jeep Toyota de capota plegable por uno nuevo. Entonces estaba en furor el Chevrolet Trooper y si era negro, mucho mejor. Al fin y al cabo, Julio era el cura play al que, a pesar de su rígido conservadurismo en materia de la Fe, le gustaba contemporizar con sus estudiantes y, por supuesto, con las tendencias del momento. Adquirió su nuevo carro. Al principio, los alumnos de sexto —hoy once— escasamente podían verlo en el parqueadero reservado para el rector, justo a un lado de la capilla del colegio. Pero la abstención vehicular duró muy poco. Al cabo de unas semanas, soltó las llaves y su Trooper en pocos días estaba lleno de calcomanías, exploradoras y toda suerte de “gallos” que en la época eran necesarios como el supertrapp y los multi headers, elementos que hacían que los vehículos anduvieran más rápido.

Decíamos que era un hombre abierto, pero firme en su vocación. Jamás se dejó seducir por las corrientes que en algún momento intentaron corromper a la Iglesia Católica, como la nefasta teología de la liberación. A pesar de su cercana amistad con Camilo Torres, René García y Luis Currea, sacerdotes rebeldes de Golconda, el cura Julio alzó su voz de protesta contra sus compañeros, pues no compartía la manera como ellos pretendían cambiar la suerte del mundo. Hasta el último de sus días fue fiel a sus principios conservadores.

Quiso a Colombia como pocos. Supo que la educación era el mejor camino para hacer patria. No se contentó con mostrarnos al país en los libros y por eso todos los años nos llevaba a un lugar diferente de nuestra geografía. De su mano conocimos lugares remotos a los que jamás habríamos ido por nuestra propia cuenta.

Ese era el cura. Un tipo adorable, cuyo recuerdo permanecerá en los corazones de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo. Era un hombre lleno de cualidades, pero tenía el peor de los defectos: ser hincha del Santa Fe. Paz en su tumba cura  Julio y desde el cielo síganos guiando.

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