POR ESTOS DÍAS LA IZQUIERDA MÁS radical y los círculos de apoyo de los terroristas andan dichosos. Con ocasión de los lamentables hechos de Soacha que degeneraron en el retiro de un nutrido grupo de militares, los sectores enemigos del Ejército encontraron un filón inagotable que se convertirá, sin lugar a dudas, en el más célebre capítulo de la guerra política.
Me refiero a los falsos positivos, asunto que merece ser observado en su exacta dimensión. Hay quienes aprovechándose de esa mala hora por la que tuvo que pasar el Ejército andan diciendo por el mundo entero que nuestros militares son unos asesinos profesionales. Como magos de feria, sacan de sus mangas unas cifras sobre supuestas ejecuciones extrajudiciales que no han sido contrastadas, provocando un daño cuyas consecuencias han sido astutamente calculadas. Su ambición es una y sólo una: acabar con la institución militar colombiana.
Ahora bien, no se trata de negar de tajo la existencia de los falsos positivos. Por supuesto que se han presentado unos episodios espeluznantes en los que está probada la participación de hombres que, abusando del uniforme que portan, han cometido unos crímenes por los que merecen ser condenados a pasar un buen tiempo tras las rejas.
Diríamos que ese es el primer escenario, el de los falsos positivos reales cometidos con pleno conocimiento y con los fines más sórdidos. Son fruto del maridaje con el narcotráfico o con las bandas criminales. Es justo reconocer que esos hechos, aunque son pocos y aislados, sí se han presentado y, repito, deben ser castigados con ejemplar severidad.
Entramos entonces en el segundo escenario, el de los falsos positivos relativos que son aquellos que están signados por la ignorancia o el desconocimiento real de la situación. Veamos. Un informante cualquiera, sediento de una recompensa, monta la tramoya. Recluta a las víctimas, las dota, las ubica y luego las conduce a una muerte inminente. Allí pecan los comandantes de las unidades militares menores por no hacer las respectivas valoraciones, confirmando y reconfirmando la veracidad de la información suministrada por el cooperante, quien al final no es más que un sucio mercader de la muerte. Podemos concluir que en ese tipo de falsos positivos hay un comportamiento culposo, no doloso.
Finalmente, nos adentramos en los terrenos de los falsos positivos falsos, que son fabricados como una obra de filigrana con el elemental fin de golpear mortalmente la médula del Ejército.
Esta categoría de falsos positivos surge después de una operación militar llevada a cabo con apego a los protocolos y a las normas del Derecho Internacional Humanitario. Inmediatamente después de los combates, se activan las alarmas, aparece en escena una ONG de garaje que da la orden de poner a rodar el libreto preconcebido; el guerrillero abatido, es presentado como un arcángel incapaz de matar a una mosca, poniendo en entredicho la legalidad de la operación y llevándose por delante la legitimidad de las Fuerzas Militares.
Ese es el objetivo de la guerrilla ahora que está completamente apercollada. De alguna manera tiene que equilibrar las fuerzas frente a la tragedia que está padeciendo en el campo de batalla y para ello se está valiendo de una estratagema siniestra que consiste, precisamente, en presentar a sus bajas como si fueran ejecuciones extrajudiciales.