MURIÓ LINA NINNETE RON PEREIra, mejor conocida como Lina Ron, la “chavista radical revolucionaria”. Era una furiosa, agresiva e ilegal seguidora del dictador venezolano.
Su talante violento la conducía a asumir su militancia como si fuera el pan de vida. Algunos seguidores de la satrapía la ubicaban en lugar destacado del chavismo gracias a la absoluta desmesura con que fustigaba a la oposición. Fue más radical que el propio Chávez, dicen quienes la conocieron.
Iracunda, tomó las armas y se tomó al palacio Arzobispal de Caracas. Aquella vez, quiso obligar a la jerarquía católica a unirse al “socialismo del siglo XXI”. Chávez aplaudió y la alentó a continuar en la lucha por lo que él considera el bien de Venezuela.
El elogio del dictador le sirvió de salvoconducto para delinquir. El canal privado Globovisión —baluarte de la democracia y la libertad en Venezuela— se convirtió en una obsesión para Lina Ron.
A las 10 de la mañana del 3 de agosto de 2009, un comando terrorista liderado por ella asaltó las instalaciones de Globovisión. Lanzaron granadas y gases mientras disparaban a diestra y siniestra. Su objetivo: asesinar a los periodistas y trabajadores del canal, a los que calificaban de ser unos “agentes del imperialismo yanqui”.
No era admisible que la cabecilla de la cuadrilla continuara impune. Chávez ordenó su captura y la recluyó durante seis meses en un cómodo batallón de la inteligencia militar. Había que guardar las apariencias.
Lina Ron admiraba a las Farc. Motivó a la guerrilla a que se levantara “con toda el alma contra el Ejército, contra el gobierno paramilitar y oligarca de Uribe”. Soñó con ver a Marulanda, Jojoy y Cano en el poder. En una de sus proclamas aseguró que “llegó la hora de las Farc para tomar el poder en Colombia”.
Durante la campaña presidencial en Colombia, con su tono violento, aseveró que un triunfo de Juan Manuel Santos significaría un “intercambio de plomo” entre nuestro país y Venezuela.
Un infarto acabó con la vida de esa terrible mujer. Hugo Chávez lloró ante su féretro. Con el corazón hecho añicos, dijo que “mujeres como Lina Ron no mueren, ni van a morir. Hoy Lina se hizo eterna. El pueblo te declara eternamente viva. Te declaramos viva, como viva estarás para siempre en las luchas del pueblo, en el canto del pueblo, en las batallas del pueblo y en las victorias del pueblo”. Chávez, nuestro mejor amigo, está devastado; perdió a su amiga, a su mejor amiga.
A nadie puede alegrar la muerte de Lina Ron, pero la democracia venezolana se ha quitado de encima a una de sus peores amenazas. Esa mujer le hizo un daño irreparable al estado de derecho de Venezuela. Su accionar criminal se constituyó en uno de los principales factores de desestabilización de aquel país. Si algún estudioso quiere aprender sobre el terrorismo de Estado, debe revisar el papel de Lina Ron en el régimen de Chávez.
De manera acertada, el agudo analista venezolano Joaquín Chaffardet escribió esta semana sobre el rol de esta mujer en la dictadura que agobia a su país. En muy pocas líneas resumió el sentimiento de millones de compatriotas suyos: “Lina Ron pasará a la historia pequeña de la patología nacional como cultora del odio y de la violencia. Su rostro, su voz, su lenguaje y sus disfraces militares que proyectaban con precisión sus oscuros sentimientos, les permitirán a las futuras generaciones hacerse una idea de los desmanes del ‘socialismo del Siglo XXI’ y de la boliburguesía chavista que hemos tenido que soportar los venezolanos de hoy. Para el oficialismo es una pérdida importante. Es la pérdida de uno de los iconos de la violencia del régimen”.