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Secuestradores en campaña

14 de febrero de 2009 - 06:00 a. m.

PREOCUPA LA CEGUERA DE CIERTOS analistas que se embriagaron de emoción con el mensaje que Alfonso Cano le envió a Piedad Córdoba luego de la liberación del ex diputado Sigifredo López. Felices, salieron a reclamar que el líder terrorista no exigió el despeje de Florida ni de Pradera, ergo la puerta del intercambio estaba abierta de par en par.

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Error garrafal. Acá no se trata de oír lo que se dice, sino de averiguar qué es lo que se quiere. No podemos pasar por alto el comunicado de las Farc del pasado 18 de diciembre, en el que “nombran” a Pablo Catatumbo como nuevo miembro de lo que ese grupo ha llamado “comisión del canje”. En dicho documento de 5 puntos, los guerrilleros aseguraron estar dispuestos a adelantar “conversaciones con el Estado alrededor del canje, una vez el Gobierno otorgue las garantías necesarias para desarrollarlas en Florida y Pradera”.

A la demanda del despeje, aún vigente, se suma la de la repatriación de Simón Trinidad y Sonia, asunto que para las Farc sigue siendo un punto de honor sobre el que insistirán a sabiendas de que es un propósito imposible de alcanzar.

Cuando se hable del asunto de los secuestrados no puede pasarse por alto que hasta la fecha, las Farc tienen en su poder a 717 personas. Sólo el año pasado cometieron 117 crímenes de éstos, demostrando el odio que este grupo siente por la libertad. Los estremecedores testimonios de quienes recuperan la libertad, nos ponen de presente la inhumanidad e insensibilidad de sus carceleros.

Candorosamente se quiere creer que, luego de la liberación de Alan Jara y Sigifredo López, en poder de las Farc sólo quedan 22 policías y militares. El tema es mucho más delicado, pues la preocupación no puede ser solamente por este grupo, sino por los más de 700 hombres y mujeres de los que muy poco se habla.

Las Farc no son una organización que secuestre circunstancialmente. Esa práctica es habitual, recurrente y consuetudinaria. Desde 1996 hasta hoy, han encadenado a 6.980 personas, 311 de ellas son niños y niñas.

Todos esos elementos debieron ser tenidos en cuenta por los relatores para la libertad de expresión de la ONU y la OEA que esta semana fustigaron al Gobierno por los señalamientos que éste le hizo a cierto periodista con ocasión de unas entrevistas que, aun en cautiverio, aquel les hizo a los policías y al soldado profesional recientemente liberados. Sorprendentemente, estos organismos multilaterales se limitaron al asunto del comunicador cuestionado, pero en ningún momento se tomaron la molestia de condenar la brutalidad de los secuestradores ni las condiciones en las que las entrevistas de marras fueron realizadas.

El interés de las Farc no consiste en la libertad. No. Ellos quieren, por medio de los apresados, ganar terreno político y convertirse en una fuerza con condición de beligerancia sujeta de negociación.

Pero saben que con el Gobierno de la seguridad democrática difícilmente podrán salirse con la suya, razón por la que ahora, a través de la sociedad civil —esa misma que históricamente han despreciado— buscan ganar tiempo e influir en las próximas elecciones presidenciales presionando para que el debate gire alrededor del dilema sobre la conveniencia de negociar o no con esos criminales.

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Insoportables los argumentos de quienes se presentan como defensores de los animales para justificar el fin de la tauromaquia. Esos que posan de gladiadores contra la intolerancia, están dando la más lamentable y reprochable muestra de intransigencia. Antes de criticar a la más apasionante de las fiestas, deberían aprender un poco de ella para convencerse de que sus apreciaciones carecen de todo fundamento.   

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