No se necesita estar o vivir en Barranquilla para sentir el calor de su gente.
Ser barranquillero es una mixtura de culturas y raíces que se exacerban aún más cuando estás por fuera de la arenosa.
Hace tiempo venía con la idea de escribir un homenaje a Barranquilla. Confieso que cuando comencé a escribir terminé con varias páginas, las que supuse que su extensión serían más la cuota inicial de un libro que el de una columna. No obstante, estuve revisando varios de los escritos en los que se hace alusión a la tierra donde se vive el carnaval durante los doce meses del año. En ellos pude rescatar varios aspectos que potencian su realismo mágico.
Estoy convencido que cualquier barranquillero o cualquier ciudadano que haya pasado por Barranquilla, le queda impreso en tinta indeleble la pujanza, su humor particular y la sabiduría urbana, que juntas dan cuenta del progreso de la ciudad y por supuesto del país. Siendo barranquillero de nacimiento y bogotano de adopción, puedo dar cuenta de cómo los colombianos de otras regiones son acogidos en Barranquilla sin ninguna distinción de credo, política o religión y quizá otras diversidades más.
La génesis de estos comportamientos hospitalarios se remonta a su constitución como villa. Es que Barranquilla no fue fundada sino que se formó derivada de movimientos de personas migraciones de diferentes países del globo. Es por eso que el barranquillero, acoge y hace sentir como propio a los foráneos y a los colombianos de otras regiones. Es más, estoy convencido que en Barranquilla cualquier trabajador o emprendedor de otra región o país, triunfa.
Si le preguntan a cualquier barranquillero, nacido o no en la ciudad, sobre qué tan orgullosos se sienten de la ciudad, encontrarán un sinnúmero de respuestas que si se juntan se podrán derivar en que todas ellas hacen referencia a su gente y no a su territorio. Es que Barranquilla no es de los barranquilleros, es de todos los colombianos y del mundo si se quiere. Quizá la ubicación geoestratégica que tiene Barranquilla sea la causante de tantas coincidencias. Tener acceso a la navegación por el río magdalena y sus afluentes y que éste se conecte con el mar caribe, marcan una diferencia en materia de intercambio comercial y cultural.
En materia de comercio y desarrollo industrial, Barranquilla brinda alternativas de crecimiento a compañías colombianas y foráneas. Esto conlleva a la creación de empleo y por supuesto se propulsa el crecimiento de la infraestructura local lo que potencializa la competitividad de la ciudad. La apuesta de dejar de darle la espalda al río es quizá una de las mejores decisiones en materia de desarrollo urbanístico, el que se combina con la convivencia con la industria. Por esto y por muchos aspectos más Barranquilla está llamada a ser la capital de los tratados de libre comercio, pues la cercanía con dos ciudades con potencialidades diferentes como la fantástica Cartagena de Indias y con la bahía más linda de américa: Santa Marta, facilitan la creación de nodos logísticos, los que coadyuvarían con el desarrollo de transporte multimodal de carga y de pasajeros, estos últimos de cara al desarrollo sostenible del turismo local e internacional.
Estoy convencido del potencial económico de Colombia, el que se puede propulsar con un mejoramiento de la competitividad tanto para la arena local como para las exportaciones. El Estado, debería poner los ojos en las ciudades que brindarían desarrollo sostenible al país, con esto no sólo se genera economía sostenibles sino una competencia sana entre los gobernantes locales de cara a generar ciudades y poblaciones cada vez más competitivas, tanto como Barranquilla. Este es el sentimiento generado con ocasión de su cumpleaños 203, por uno de sus hijos.