No dejo de sorprenderme por las bellezas de mi tierra. Más allá de ellas veo un mundo de oportunidades. Confieso que aunque son muchas somos poco conscientes de ellas. Quizá con la lupa puesta podríamos darnos cuenta de lo que tenemos. Y para la muestra un botón. El pasado fin de semana tuve la oportunidad de visitar a la Bahía más linda de América que no solo es linda por sus playas sino por la posición geoestratégica que tiene. Sigo creyendo que la riqueza de un pueblo se da más por la cultura de su gente que por la acumulación de dinero. Así las cosas, el potencial de Santa Marta y de su gente debe ser fundamental para el desarrollo económico del país.
Al buscar hidratarnos, mi esposa y yo, luego de una jornada de ejercicio intenso y bajo el naciente astro rey en el sector de Bello Horizonte, tuvimos la oportunidad de sentarnos en un banco de plástico y pedir lo de siempre: un jugo de naranja recién exprimido. Sin pensarlo dos veces, entablamos las conversaciones matutinas propias del fin de semana. Siempre me han dicho que la mejor manera de conocer la cultura de un pueblo es recorriéndola a pie. Y a pesar de creer conocerla, no me canso de preguntarle a gente cómo están las cosas y desde su punto de vista cómo están viendo la economía. La mejor fuente de información en ese lugar era la dueña del negocio. Ella, una mujer trabajadora que se acompaña de sus familiares no vacila en contarme su realidad y que ésta depende de los turistas. Al asomarse la temporada baja todo parece bajarse, hasta la ilusión pues cada vez son menos los turistas por esta época, cuenta ella sin vaciles.
Con sorpresa y luego de habernos tomado el jugo y con una sensación de querer otro, nos encontramos con una señora, que por su aspecto físico sabíamos que era extranjera, pero a pesar de su excelente manejo del español se delata con su acento gringo. Sin dudarlo le preguntamos de dónde era y solo con esa pregunta se desencadenó una conversación sencilla pero a la vez profunda acerca de nuestra cultura colombiana. Ella, una mujer madura y con una educación profesional privilegiada y que ya goza de su buen retiro parecía ser una vecina más del barrio. Noté en la gente de alrededor una familiaridad con ella. Casi todos parecían haberla conocido desde hace mucho tiempo. Lo sorprendente es que ella solo tenía unos meses de estar viviendo en Colombia y particularmente en Santa Marta o mejor en Bello Horizonte.
Porqué una extranjera venía a vivir a Colombia y había escogido Santa Marta, fue el interrogante a renglón seguido que aunque no lo preguntamos literalmente desencadenó una conversación propia de la cultura macondiana. En efecto hablamos de literatura y luego de varios parangones entre Vargas Llosa y Gabo, ver en sus ojos el amor apasionado cuando mencionamos Gabo, era evidente cuál era su preferencia. Esa conversación casual nos llevó a una ilación entre dos países andinos de los que afortunadamente ella estaba bien enterada. De Perú nos contó fascinada de sus fantasías. Pero cuando hablaba de Colombia, se le notaba una pasión casi que indescriptible.
Por esa experiencia maravillosa de escuchar lo maravilloso que es nuestro país, además dicho por una extranjera ya vecina de Bello Horizonte, es que corroboro el potencial de nuestro país. La posición privilegiada de Santa Marta la puede constituir en un polo de desarrollo económico en materia de comercio internacional. Pensar en Santa Marta como punta de lanza para el movimiento de carga a través del transporte multimodal, puede ser el inicio de la transformación económica de la región y con ello empezar la diversificación económica que se merece. Si esto llegase a ocurrir, la dependencia del turismo no sería un problema sino una oportunidad. Por eso es importante que el Estado vuelque sus ojos a esta región y se invierta de manera decisiva en la educación de su gente de cara a mejorar las competencias en las áreas en las que la región podría ser preponderante.