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334 interminables días

31 de enero de 2015 - 10:00 p. m.

Interminables, por decir lo menos, se vislumbran los 334 días que le quedan a Bogotá para ver salir finalmente al alcalde Gustavo Petro del Palacio Liévano. Su mandato es de lejos pésimo.

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Su costumbre de meterle ideología a todo lo que dice y hace no podía resultar en nada menos que un fiasco. Sus promesas de campaña se quedaron la mayoría en eso: en promesas. Sus decisiones erráticas y apresuradas acabaron por convertir a la ciudad en un caos que, sumado a las malas administraciones anteriores inmediatas, han hecho de nuestro vividero un infierno total. Pero lo más grave está por venir, pues quien lo suceda tendrá que arrancar por enderezar los entuertos para luego, si es que le queda tiempo, tratar de poner las cosas en orden, lo que resultará casi que imposible.

La mal llamada Bogotá Humana acabó siendo todo lo contario, es decir una Bogotá inhumana, destrozada, desordenada, insegura.

Por supuesto que nos podríamos quedar horas y horas escribiendo sobre la administración de Petro. Pero aparte de amargarnos, no lograríamos nada más, pues mientras la ciudad vive uno de sus peores momentos de la historia, el alcalde anda en otros cuentos. Trinando sobre Grecia y otros asuntos que bien lejos ocurren y que en nada afectan el diario vivir de millones de ciudadanos que deben levantarse a diario a conseguir la plata para mantenerse y sostener a sus familias. Lo demás son calenturientas posiciones ideológicas de un hombre que ha demostrado ser, no sólo mal alcalde, sino una mala persona. Manipulador, mentirosillo e inepto.

Es la hora de que los que vivimos en la ciudad pensemos en quién o quiénes podrían suceder a Petro. Aspiran, al menos en teoría, Rafael Pardo, Francisco Santos, Hollman Morris, y esta semana mostró sus ganas David Luna. No tengo claro todavía por quién votaría, como sí tengo claro que no lo haría por Morris, pues pasaríamos del caos a la debacle.

Ojalá los votantes entiendan que no pueden volver a equivocarse pues son ellos directamente quienes tienen que sufrir en carne propia las consecuencias de tener un pésimo alcalde. No es un tema teórico, como no lo es tener que padecer a diario el mal transporte, la inseguridad, la improvisación y la estupidez en las decisiones de quienes los gobiernan mal. El paso de Petro por la Alcaldía pone de manifiesto que no basta que el alcalde sea honesto, sino que además debe ser competente y eficiente, lo que Petro demostró no ser.

Trescientos treinta y cuatro días son mucho tiempo, una eternidad, para aguantarse un mal alcalde, pero bueno, alguna esperanza debemos encontrar para sobrevivir a una administración que pasará como una de las peores en la historia de nuestra ciudad.

Así me vuelva repetitivo y cansón, y si en algo puede uno influenciar a sus lectores, lo que no creo, es en pedirles que en las elecciones de octubre voten con la razón y no con el corazón, pues de lo contrario seguiremos en este infierno. Pero si deciden votar por Morris, pues después no se quejen y protesten.

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