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De la igualdad y los hijos

30 de enero de 2016 - 09:00 p. m.

Esta semana, después de una batalla jurídica que parecía interminable, una pareja de mujeres logró registrar su hija ante la Registraduría.

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Una niña de siete meses, hija biológica de una de ellas y quien, como cualquier otra persona, tiene derecho a existir jurídicamente ante el Estado.

Esta noticia en una nación como Canadá resultaría absolutamente insólita pues allí, o en cualquier otro país civilizado, jamás se discutiría si un bebe tiene derecho o no a tener nombres y apellidos, independientemente de si sus padres son heterosexuales o son del mismo sexo.

Todavía hay miles de colombianos que consideran este hecho como inmoral, como pecado, como algo reprochable. No soy nadie para juzgarlos, ni más faltaba, y atribuyo eso a un poco de ignorancia y a la influencia de las diferentes iglesias, entre ellas la católica y la cristiana. Respetable, claro. Pero muchos olvidan que de acuerdo con las cifras que se manejan en el mundo, el cálculo es que al menos el 10% de la población pertenece a la comunidad LGTBI. Las posibilidades pues de que en cada familia haya un miembro de la comunidad son muy altas.

Pero bueno, el tema ahora no es justificar o no las conductas de los miembros de la comunidad pues no creo que deban explicarse. Se trata de hablar de sus derechos, que en ningún caso pueden ser diferentes a los de los demás colombianos. Independientemente de las preferencias sexuales, jamás puede olvidarse que todos somos iguales ante la ley, sin importar nuestra raza, creencias, preferencias sexuales o condición social o económica.

No puede llamarse civilizada una sociedad que discrimina a sus ciudadanos. Y de eso se trata la pelea que ha dado la comunidad LGTBI por años.

No siendo activista de esta comunidad, como colombiano con el privilegio de poder opinar, no puedo menos que decir que cualquier tipo de discriminación me parece detestable.

Quienes critican con saña y odio a la comunidad LGTBI deberían recordar que en la vida nos pasan cosas, y muchas. Y solo cuando eso sucede entendemos las situaciones de los demás. Lo digo porque en la vida no hay sino que existir para que a todos nos pase lo mismo que a millones de seres humanos.

En fin, celebro que el país siga reconociendo los derechos de las minorías. Jamás me cansaré de defenderlos, no solo porque pertenezco a una de ellas, sino porque mi espíritu liberal y democrático no me permitiría actuar de otra manera diferente.

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Notícula: US$8 mil millones es la escandalosa cifra de los costos de Reficar (Refinería de Cartagena). Es decir, cuatro veces el valor de Isagén. Estamos hablando de mucho dinero, dinero que seguramente acabó —en parte— en los bolsillos de los corruptos. Este es de lejos el peor escándalo de corrupción de la historia de Colombia.

Se sabía desde hace años por denuncias que esta semana confirmó escandalizado el contralor Edgardo Maya.

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La cadena perpetua me parece poco para los responsables. En China los matan. ¡No hay derecho!

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