Llega la navidad y con ella se paraliza el país, por lo menos hasta mediados de enero del año, y siquiera es así.
Por fortuna los colombianos arrancamos las festividades con las novenas y nos aislamos hasta el año entrante. De no ser así, andaríamos completamente desquiciados, pues son tantas y tan malas las noticias que nos atropellan a diario que, así sea por salud mental, nos dedicamos a nuestras familias y a los placeres de las fiestas decembrinas. El buñuelo, la natilla y todas esas cosas que nos hacen olvidar, al menos por unos días, de las penurias diarias, de los corruptos, de los políticos, de la reforma tributaria para los siguientes años, de las Farc, de los trancones, de Petro, de Santos, del estado crítico del sistema de salud, de los jueces y los fiscales, de la DIAN, del Transmilenio, de los atracadores. En fin, entramos casi en una amnesia colectiva que resulta justa y necesaria.
Pero el año que se avecina no será fácil para Colombia, como no ha sido ninguno en los últimos 50, pues desde que aparecieron las Farc y el narcotráfico permeó a nuestra sociedad, Colombia pasó de ser un país pastoril a convertirse en una nación de pícaros, ingobernable, inmanejable, inviable.
Para el 2015 nos veremos enfrentados a aprobar o no los acuerdos con la guerrilla, si no es que estos criminales nos siguen mamando gallo en La Habana, a unas elecciones regionales que polarizarán más a la sociedad, a unos tributos altísimos comparables con los que se pagan en Canadá o en Estados Unidos, con la diferencia que allá se ven, pues los devuelven en bienestar para los ciudadanos, mientras acá se roban una gran parte o se dilapidan en gastos innecesarios para el mal funcionamiento del Estado.
No me cansaré de recordar a Carlos Lemos cuando escribió su libro titulado El Estado ladrón. En él, describe claramente lo que padecemos y vivimos todos los colombianos a diario. Un Estado que, además de robarnos, nos persigue cuando considera que hemos faltado a nuestras pesadas obligaciones.
Nada me produce más terror que tenerme que acercar a una ventanilla de una entidad pública a hacer alguna diligencia. Empezando por los malos tratos, o el conocido “el sistema se cayó” o el funcionario que, para salir del ciudadano, se inventa algún trámite o sello. Ni qué hablar, por ejemplo, de lo que tributamos adicionalmente: Impuestos de valorización, rodamiento, catastral, Soat, etcétera. Y, ¿qué recibimos a cambio? Absolutamente nada. Porque el Estado ladrón tiene la característica de proteger a los delincuentes y triturar a los ciudadanos que sí cumplimos con todas nuestras obligaciones.
Pero como no quiero ser el aguafiestas, desde ya prometo que me dedicaré a preparar la Navidad, para entrar, así sea temporalmente, en un estado cataléptico que me permita desconectarme de la realidad que debemos afrontar diariamente. Y como dice el divertido refrán popular, “después de la navidad, pa’ la mierda los pastores” y ahí veremos qué pasa.