A pesar de que suelo ser una persona muy optimista, les confieso que a veces, viendo todo lo que pasa en el país, me cuesta mucho trabajo. Asumo, claro está, que a pesar de hacer los mejores esfuerzos, no hay manera posible de estar enterado debidamente de todo lo que pasa a diario. Cuanto más acceso tenemos a los medios de comunicación y a las redes, menos información confiable recibimos.
No voy a arremeter en contra de los medios y los colegas, ni en contra de las redes. Entre otras porque los unos y las otras, con excepciones, reflejan lo que ocurre.
Lo objetivo es pensar que vivimos en un país que lleva más de 50 años en guerra con la subversión, en donde se formaron grupos paramilitares, permeado por el narcotráfico, con unas bandas criminales (Bacrim) desbordadas, con una corrupción descontrolada, absolutamente polarizado y con negros nubarrones en lo que tiene que ver con la economía.
Si a esta radiografía le añadimos el hecho de que algunos de los altos funcionarios tienen unas agendas propias, fáciles de leer pero imposibles de probar, nos encontramos frente a una situación caótica. Todo esto sumado a lo que está pasando en La Habana, se presta para que los enemigos del proceso le pongan una bomba al mismo. ¿Cómo? No me atrevo a especular.
El ambiente está enrarecido, el Gobierno está a la defensiva de todos cuantos critican el proceso de paz, los militares en retiro están insatisfechos, los uribistas llaman a sus seguidores a salir a la calle. Mientras el mal llamado establecimiento, por cualesquiera que sean las razones, se destroza, la cúpula de las Farc debe andar muerta de la risa en Cuba.
Las abuelas, cuando presentían que algo malo pasaría, le decían a uno que el palo no estaba para cucharas. Y hoy sí que resulta ser cierto. La paz finalmente se podría lograr con la guerrilla, pero difícil alcanzarla mientras algunos altos funcionarios del Estado, en las tres ramas del poder público, tengan unas agendas tan confusas e inexplicables. Lo dijo hace unos días Humberto De la Calle cuando sostuvo que como íbamos sería más fácil hacer la paz en Cuba que en Colombia.
No sé qué tanto les pasa a ustedes, pero a mí todo este tema de los odios entre los colombianos me da miedo, porque es precisamente el que genera una situación perfecta para que (ojalá este muy equivocado) se produzca un magnicidio de esos que acaben con el proceso de paz y pongan al país patas arriba.
Por supuesto que a nuestros dirigentes poco les importa lo que digamos los columnistas, pero a pesar de eso, como colombiano no podría menos que pedirles a quienes manejan las tres ramas del poder público, más la Procuraduría y la Fiscalía, que le bajen el tono, que hagan en derecho lo que deban hacer, pero que también piensen que las cosas pueden agarrar por un camino que ni ellos ni nadie podría controlar. Cabeza fría, serenidad y decencia es lo mínimo que uno puede pedirles a quienes tienen los puestos de mayor responsabilidad. ¡Ojalá!