El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El pesimismo como arma política

11 de junio de 2016 - 09:00 p. m.

No me sorprenden ya la cantidad de compatriotas que a toda hora se la pasan quejándose del país y de todo cuanto acontece a diario.

PUBLICIDAD

En no pocas oportunidades oigo a muchos de mis amigos criticando absolutamente todo, aun cuando a muchos de ellos les está yendo divinamente en sus respectivos negocios. Sus cifras son buenas y sus empresas van bien. Pero se sientan a despotricar del Gobierno, más con pasión que con inteligencia.

Lo peor es que lo hacen en sus pomposas fincas veraniegas con un vaso de whisky en la mano y con sus costosos carros parqueados en sus garajes.

Dicen cosas como que, por ejemplo, Juan Manuel (refiriéndose así al presidente) le entregó el país a la guerrilla. Lo llaman por su nombre porque seguramente lo “conocieron” jugando golf en el Country Club. Pues ellos más que nadie deberían saber que la última persona en entregarles el país a las Farc sería precisamente Santos. A muchos de estos amigos les pregunto si se han leído los acuerdos de Cuba y, a pesar de que asienten, cuando los inquiero por temas específicos no saben qué responder. Sentarse a criticar es muy fácil, especialmente para los ricos, cuando la gran mayoría de ellos, si no todos, jamás tuvieron que enviar a uno de sus hijos a la guerra como lo han hecho millones de colombianos humildes, que son los que han puesto las víctimas en esta desgraciada guerra que ha sufrido el país.

Han sido pocos los días en 50 años en que no tengamos que enterarnos de la muerte de algún soldado, policía o guerrillero. Y ninguno de ellos, por lo demás, ha tenido la oportunidad que tienen los hijos de nuestra clase dirigente desconectada del país.

Si los ricos hubieran perdido a uno de sus hijos en la guerra, seguramente estarían pensando de manera diferente. Cuántos padres de estos policías y soldados hemos visto en los medios diciendo que perdonan. Y eso no solo los engrandece, sino que además son un ejemplo de dignidad que, ciertamente, no tienen nuestros ricos criticones y desubicados.

Además deberían pensar que su desconfianza desbordada trae más pesimismo. Corta resulta su visión si no entienden que sus negocios se verán, más temprano que tarde, afectados como consecuencia del negativismo. Si hay algo sensible son precisamente los negocios, pues el consumidor ciudadano prefiere ahorrar antes que salir de compras.

Esto no parece entenderlo el Centro Democrático, echando eventualmente por el traste lo que logró el expresidente Uribe: hacer que los inversionistas extranjeros recuperaran su confianza en Colombia. Por usar el pesimismo como arma política, el propio Uribe está borrando con el codo lo que hizo con la mano. Él, mejor que nadie, debería entender esto. Uribe recuperó el país de las manos de la subversión. Gracias a su esfuerzo, finalmente las Farc se sentaron a dialogar. Ese debería ser su triunfo, pero con su obstinación contra Santos está solo logrando generar un pesimismo perverso, que al final del día será sumamente malo.

 

Conoce más
Ver todas las noticias