SI ALGUIEN DE VERDAD QUIERE COnocer a Germán Efromovich, dueño de Avianca, debería leer la entrevista que le hizo en su última edición la revista Cromos, pues es tan real y fotográfica, que resulta, por decir lo menos, deliciosamente perversa.
El personaje trata de aparentar sencillez, humildad y, por supuesto, modestia. Y claro, como no lo es, las respuestas acaban mostrando a Efromovich como alguien absolutamente insoportable, mañoso, tacaño y, por qué no decirlo, lobo.
Habla del origen modesto de su padre, un sobreviviente de la II guerra mundial que se trasladó a Bolivia, en donde empezó un pequeño negocio. Historia esta que, si bien conmovedora, vivieron miles de judíos que buscaron refugio en donde pudieran huir de Hitler para rehacer sus vidas, cargando siempre con sus muertos a las espaldas.
Efrovomich relata que tiene muy poco tiempo para sus hijas y que, salvo por un accidente o una cosa grave, jamás dejaría de ir a una cita de negocios para asistir a bobadas tan elementales como un grado.
Pero precisamente esa falta de tiempo es la que nos narra escatológicamente cuando cuenta que, en no pocas oportunidades, sólo vio a sus hijas cuando estaba “sentado en el trono”. Y como no sabemos que este ciudadano sea rey, los lectores debemos asumir que ese trono no es otra cosa que el inodoro. Tan querido, ¿cierto? Mientras les escatimaba la plata a sus hijas, para que no se maleducaran, prefería ponerlas a presenciar cuando él hacía popó. Me imagino lo dulce de aquellos perfumados e inolvidables momentos familiares.
Dice, con modestia, que no tendría un Maserati y que prefiere gastarse 200.000 dólares en un vuelo privado, antes que perder dos días viajando en líneas comerciales. Y si esa línea es Avianca, no vaya y sea que de golpe pierda no 2, sino 3, 4 ó 5 días, como los demás mortales.
Sostiene que en los negocios la clave es comprar barato, pero como para él todo, absolutamente todo, es un negocio, pues compra barato. Y no es sino ver las pintas de las imágenes del reportaje para darse cuenta. Aparte de una bata blanca, de hotel, lo demás que se puso para las fotos refleja la frase de los gringos: Lo que usted paga, es lo que consigue.
Al periodista le suelta perlas como estas: “Yo ir a París y volver, es como usted a la esquina”. Qué estupidez compararse así con Jairo Dueñas —el comunicador que hizo la entrevista—, pues mientras éste tiene que sufrir la “movilidad” de Bogotá, saliendo de su oficina en Cromos —que queda en la Avenida 26 que se robaron—, a nadie le cabe la menor duda de que hoy es más rápido ir a París y volver.
Dice que para que el dinero no se le “suba a la cabeza”, lo pone en el bolsillo. Y estoy por pensar que su cabeza está en el bolsillo, porque de no sentirse rico e intocable, no diría, sin sonrojarse, tantas barbaridades juntas.
Pero bueno, para nuestra tranquilidad al menos no tenemos que pasar por el trono a rendirle pleitesía al rey de Avianca.
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