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Homenaje a un amigo

03 de julio de 2010 - 11:00 p. m.

CONFIESO QUE EL MIÉRCOLES FUE un día en el que sentí tristeza y alegría al mismo tiempo.

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Tristeza porque mi maestro y amigo Juan Gossaín se despedía de la radio y alegría porque finalmente recuperamos al compañero que durante 30 años, con disciplina monacal, se acostaba temprano para estar a las cinco de la mañana informándoles a los colombianos.

Quienes tenemos el privilegio de conocer a Juan sabemos que detrás de ese gran periodista hay una persona con la sabiduría natural propia de los grandes hombres. De Juan aprendí periodismo. Todas las mañanas que trabajamos en la cabina de RCN me sorprendía con la manera como se aproximaba a los temas y a los entrevistados. Con elegancia y finos modales, siempre lograba que los entrevistados dijeran lo que el país quería oír. Nunca jamás se le vio atropellando a nadie, no se exaltaba al aire y, por supuesto, cuando uno iba, Juan ya venía.

Divinamente bien informado y precisamente documentado, no recuerdo que Juan haya tenido que hacer una rectificación durante su larga carrera. Su rigurosidad y férrea disciplina hicieron de un hombre de origen humilde e hijo de inmigrantes uno de los mejores de nuestra época. Yo siempre he dicho que en la vida uno tiene golpes de suerte, y uno de ellos es haber coincidido en este breve paso por la tierra con una persona como Juan.

Uno se puede sentar con Juan los días enteros a conversar; frente a él los temas y variaciones, como en las sinfonías, son melódicos y con una cadencia maravillosa. Siempre tiene unas anécdotas que evocan el realismo mágico de García Márquez, pero relatadas con esa influencia árabe milenaria en un discreto y elegante acento costeño típico de quienes se criaron en San Bernardo del Viento.

 Otra de las características admirables de Juan, que la gente no conoce pero percibe, es su condición humana. Es el mejor amigo de sus amigos. Siempre que uno lo necesita está allí con la palabra afectuosa, el apoyo incondicional y la mano generosa. Su talante de abuelo, desde que era joven, hace que uno lo perciba como el abuelo que se murió. A mí muchas veces me pasa, cuando estoy con Juan, que siento estar frente a mi abuelo Alberto Lleras. Y cuando medito sobre el tema, inequívocamente, concluyo que a Juan y a Lleras los unen tres cosas: la inteligencia, la literatura y el desprendimiento de las cosas materiales. Y esto es porque tanto el uno como el otro provinieron de familias educadas pero humildes.

Extrañaremos a Juan en las mañanas, pero esperamos acompañarlo en su centro de estudios para periodistas, lo que lo refleja de cuerpo entero. Son muy pocas las personas que, después de haber ejercido su profesión por más de 40 años, deciden entregar su experiencia, sin contraprestación alguna, a las nuevas generaciones. Ese es Juan Gossaín, que, al lado de su esposa y de sus hijos, decide ahora dar lo mejor de sí a los muchachos de Cartagena. Gracias Juan, Margoth, Danilo e Isabela. Gracias de todo corazón.

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