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Homenaje a un no difunto

08 de agosto de 2015 - 09:21 p. m.

SIEMPRE HE PENSADO LAS RAZONES por las cuales sólo cuando alguien se muere se le hacen los homenajes póstumos.

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Por supuesto que no tengo nada en contra de eso, pero igualmente creo que la persona fallecida nunca supo realmente lo que los demás pensaban de él, o las razones por las cuales lo homenajean. Pues precisamente por esa razón es que hoy quiero dedicar esta columna a una persona a la que admiro y respeto profundamente: mi maestro y amigo Juan Gossaín. Hace precisamente 20 años  tuve el inmenso privilegio de trabajar en la cabina de RCN con Juan. Fue él quien me enseñó el periodismo que practico. Sus diarias enseñanzas siempre me han servido para ejercer este difícil y peligroso oficio. Recuerdo los regaños paternales de Juan cada vez que cometía una embarrada, que no eran pocas por supuesto. Este maestro siempre me trató como a un hijo y, por lo tanto, no fueron pocos los jalones de orejas que me gané. Me obligó a ejercer la reportería en la calle.  Un día decidió que debía irme para Villavicencio a cubrir una gran crisis de la ciudad porque no tenía agua. Allí aprendí que el oficio que había escogido era duro y que no había espacio para quejarme del cansancio o de las condiciones de trabajo. Como queriéndome dar una lección, me dejó allá un par de semanas. Imagino yo que lo hacía más para enseñarme que para cubrir la noticia, que si bien importante, no ameritaba que me dejaran allá tanto tiempo. Nunca le pregunté a Juan por qué lo había hecho, pero estoy convencido que él pensaba que era la única manera de educar en el oficio a un joven bogotano venido de una familia privilegiada. Eso lo agradezco permanentemente, pues allí entendí que, si algún día quería ser un buen periodista, tenía que comer barro.  De Juan aprendí también la disciplina y el rigor periodístico. En más de 25 años de haber ejercido este oficio sólo recuerdo haber sido rectificado una sola vez. El rigor de Juan y su imparcialidad tenían que aprenderse. Entre otras cosas porque a diario, por casi dos años, le hacía a uno al aire un examen sobre lo divino y lo humano. Se hacía radio sin internet, luego o uno llegaba preparado o se ganaba la afectuosa vaciada. ¿Zuleta, sabe tal tema? No había manera de decirle que no, pues se empezaba a rascar esa barba de manera impaciente.  Juan Gossaín es un ejemplo de periodista, de ser humano maravilloso, honesto, y uno de los mejores amigos que uno pueda tener. Sus conversaciones en su apartamento en Cartagena son lecciones de integridad y un ejemplo de inteligencia absolutamente delicioso. Me perdonarán los lectores, pero aún cuando Juan, por fortuna, tiene una magnifica salud, prefiero hacerle este corto pero merecido homenaje. Y lo hago, porque como dije, jamás me perdonaría no haberle dicho esto a Juan, cuando él todavía está vivo y dándonos lecciones de periodismo a sus colegas.  Gracias Juan, gracias por haber tenido la oportunidad de conocerlo y de haber podido trabajar con usted. 

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