El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La fragilidad humana

22 de marzo de 2020 - 12:00 a. m.

Llevo 30 años ejerciendo el oficio de periodista en medios de comunicación y más de 22 como columnista de este diario. Debo confesarle a usted, amable y paciente lector, que esta es la columna más difícil que he tenido que escribir en todo ese tiempo. Jamás había pasado, como lo hacemos todos, por una situación tan complicada e imprevisible como la de ahora por cuenta del COVID-19. Vemos a miles de personas contagiadas a diario, muchos muriendo y a los Estados totalmente erráticos y desbordados. Por supuesto que lo fácil en estas épocas de redes sociales es criticar a nuestros gobernantes, reprochar, opinar sobre el tema como si supiéramos sobre todo, destrozar a los demás y sentarse a pontificar.

PUBLICIDAD

Colombia, con el presidente Duque a la cabeza, está aprendiendo rápidamente de los errores cometidos en España, Francia o Italia, por solo mencionar unos casos. Ha ido tomando decisiones en la medida que se van produciendo los hechos y está tratando de lograr que los ámbitos departamentales y locales actúen con algún grado de sensatez, como la ha venido haciendo, afortunadamente, la alcaldesa de Bogotá, Claudia López.

La situación es, por supuesto, mucho más difícil para países como el nuestro, que no cuenta con recursos ilimitados y en donde solamente nueve millones de colombianos trabajan en empleos formales. Los demás viven de lo que producen al día o de los subsidios. La crisis en términos de vidas humanas es incalculable y la economía, dicen los expertos, quedará en el mundo entero totalmente destrozada.

En lo personal, debo confesar que en estos días he andado con miles de ideas en la cabeza. Cada minuto que pasa digo: ¡qué locura! Pienso en mi hija, mis hermanos, mi pareja, mis compañeros de trabajo, las personas que me ayudan, mis amigos y las familias de todos. No tengo, por primera vez en mi vida, palabras de aliento para ellos. Simplemente porque no sé qué decir. De repente se me fueron las palabras y las ideas se tornaron confusas. Por eso todas las mañanas le pido a Dios cuando me siento frente al micrófono de Blu Radio que no permita que diga ninguna barbaridad. Lo invoco a cada segundo para que no me deje caer en el fatalismo, los ataques indiscriminados en contra de los políticos mezquinos o los periodistas vanidosos y engreídos que trinan desde la comodidad de sus casas.

Tal vez muchos de ellos creen que son más fuertes que todos los demás mortales o que tienen patente de corso frente al coronavirus. No se han dado cuenta de la fragilidad humana, de lo vulnerables que somos y de lo repugnante que resulta creerse mejor que los demás seres humanos. Les da miedo confesar su miedo y se envalentonan en sus redes con saña y desvergüenza.

En los momentos más difíciles es cuando conocemos a las personas y de lo que están hechas. Muchos políticos y colegas periodistas nos lo están mostrando a diario. Siento lástima por ellos porque al morirse, como está sucediendo ahora, lo harán con su alma podrida.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias